Una tarde de verano

Ha quedado una tarde de verano para guardar en ese lugar que debería llamarse: “siempre”, en vez de “nunca jamás”.

Nadie, ni los grillos que se han vuelto a poner a cantar en cuanto se ha secado la tierra, diría que ayer estuvo lloviendo el día entero, cayendo el agua de una nube muy baja que parecía una niebla, o el vaho de un cuarto de baño tras una ducha de agua caliente, porque no hacía frío, sino un calor tropical lleno de una humedad que no dejaba ver el otro lado del valle, y parecía que estuviéramos solos en el mundo, rodeados de verde y de blanco.

Pero esta tarde ha soplado el viento y se ha llevado con su primer aliento la humedad que había encamado la hierba espigada la cual, de pronto, vuelve a cimbrear, para lanzar sus semillas al suelo mientras se secan sus tallos, no por falta de agua, que ya hubo estos días de sobra, sino por la luz marchándose, que la agosta.

Aparece entonces ese contraste entre la hierba espigada y la segada, muy verde, porque siempre está queriendo empezar de nuevo, o creyendo que lo hace, tras haberle segado nosotros la vida; y justo al lado, como si fuera un mar dorado, la misma hierba, exactamente la misma especie, trazando por el suelo una onda como de playa, para marcar con algo de gracia toda esa parte que este año no se segó con la pandemia. Un amigo nuestro, al que llamamos “el gallego”, dijo que fue porque somos unos vagos, aunque ya le comentara yo que nuestro, también amigo, y en este caso médico, Félix, el doctor Pacheco, nos había dicho que durante este tiempo procuráramos no lesionarnos, ya que entonces era el peor momento para aparecer por un hospital con cualquier accidente doméstico.

El caso es que por precaución, o por vaguería, o porque en este tiempo nos pareció que todas las obligaciones, incluso las del jardín, había que tomárselas con calma, dejamos una buena parte de la finca sin segar, y aún siendo, y como escribía antes, la misma especie de hierba, está muy verde la que hemos segado; y muy amarilla, con el color ya del estío, la que está espigada, dando ya la semilla como el trigo.

Si me dan a elegir me quedo con esta última. Con ella, me siento rica. Porque para mí la riqueza es este ser silvestre que tiene un algo que me parece que no me pertenece de la misma manera que la maceta que riego, o el césped que corto. Hay algo en este mecerse de las hierbas al sol del verano que me hace respirar con ellas de otra manera.

Pero esta tarde, he decidido hacer algo distinto, y en la linde entre la hierba segada y la silvestre ondeando al viento, voy a plantar las plantitas que han salido de las semillas de cosmos que me regaló mi amiga Fuen, y que harán de barrera entre la Naturaleza y nuestra mano para que trace, como si fuera un pincel con pintura blanca, rosa y púrpura, y esa forma de moverse que tienen las flores del cosmos a la menor brisa de viento, la sinuosa frontera entre dos mundos que es uno sólo, ya que es una misma especie de hierba separada por el tiempo que se le ha dado para espigar a la hierba alta, y se le ha quitado a la corta.

Esto es algo que se observa en los pastos, como ya hicieran Darwin y su predecesor Félix de Azara, porque en los prados viven especies que no se pastan ni se ramonean por alguna razón que sólo el ganado sabe, y se quedan espigando por encima de las otras hierbas segadas a mordiscos, unas cuantas especies que al final no son las más fuertes, ya que, las que se han adaptado al diente del herbívoro, retoñan, una vez y otra, con más fuerza.

El nombre de cosmos, además, me gusta mucho para una flor, porque a mí me parece ver el Sol, y a veces el Universo entero, en su color y forma, y en el caso del cosmos da tantas semillas como estrellas, a miles me las regaló Fuen; y cuando las vi, me di cuenta de que, aunque parecidas, no había dos iguales, aunque todas fueran alargadas y mostraran un color berenjena muy claro cuyos tonos variaban en cada semilla.

Afortunadamente, sobre el semillero y con la lluvia de los últimos días, han germinado, y ahora se yerguen buscando el sol con sus primeras hojas verdaderas que son laciniadas, lo cual hace que el viento les pase como entre los dedos de una mano, o el ala abierta de un pájaro, otorgándoles la intención de volar, pero amarradas a la primera raíz que han echado, como un niño jugando a ser un avión.

Esta es una de esas tardes que quisiera que no pasara nunca, con el sol y la temperatura perfectas, y el aire oliendo a hierba y a madera y a manzanilla, que también, en cuanto florezca, sembraré, ya que últimamente sólo quiero semillas silvestres, como si supiera que serán ellas las que siempre me acompañarán en mi tumba, que estará en este jardín, ya sin mí, más silvestre que nunca.