Verdemar

No se ve lo que no se sabe nombrar.

O al menos no se ve en profundidad, y no digamos con los nombres de los colores de los cuales, me doy cuenta ahora, no sabíamos casi nada porque todo eran verde claro, o verde oscuro, pero no verdemontaña o verdemar, que, inexplicablemente, se nos perdieron por el camino.

Ando estos días así, fijándome en los colores con las palabras, que es la cosa más difícil que existe, conseguir definir un tono como el de la orilla del mar, pero no cualquier orilla, sino esas orillas caribeñas de aguas azul turquesa que se aclaran aún más cuando tocan la arena blanca llena de sol.

Así es el color verdemar, una claridad celeste llena de luz y de agua.

La palabra, casi ni la encuentras cuando buceas entre los libros, y te tienes que ir hasta 1851 para encontrar una cita en la que no utilicen el verdemar para el color de los ojos de una persona, si no para algo que pueda estar en la Naturaleza, como las plumas de un ave, en este caso la carraca (Coracias garrulus), de la que había leído muchas descripciones en las que, a pesar de que su rasgo más llamativo es el colorido, le faltaban todas las palabras en las que el color fuera el preciso, el verdemar, para el plumaje de la cabeza y del pecho.

“Es del tamaño del grajo; su plumaje es de color verdemar; la espalda y pennas escapulares leonadas; la extremidad del ala azul”.

Museo de Historia Natural

Boitard, Bernard, Couilahe

Jardín de Plantas

Obra traducida por Pedro Reynés y Solá

Barcelona, 1851

Desde que vivo así, buscando el nombre preciso del colorido, el cual me parece que aún está por definir desde el punto de vista de la Naturaleza, me visto yo también con más colores, como el añil para una falda, o el cinzolín para una blusa.

Me parece que, tras esta etapa gris que hemos vivido, nos hace falta, no ya sólo el mar, o el campo con sus “blondos estíos” de Gabriela Mistral, sino todo el colorido del verano en el que no puede faltar el verdemar.

El verdemar es esa claridad en la que paseamos por la orilla de la playa con los pececillos que vemos por su sombra, mientras hacemos olas alrededor de las piernas con una espuma que parece una enagua, de lo blanca que es.

Nunca como ahora tuve tanta necesidad de los colores, y de saber nombrarlos, y con cada descubrimiento, me parece que ya puedo seguir pintando un cuadro inacabado en el que me faltaba lo que había visto, pero no del todo, porque no sabía nombrarlo.

Dices verdemar, y vuelan las carracas por las dehesas.

Digo verdemar, y veo los ojos de mi nieta.