El taller

Le prometí a mi amiga Mónica Arrojo que escribiría un artículo sobre su taller unos días antes del cierre por pandemia.

La idea era que yo iría al taller y me sentaría al fondo, muy quieta, para escribir en directo lo que iba viendo, que es la manera de escribir que más me gusta, y que consiste en poner palabras sobre lo que miro, como quien escribe con un rotulador sobre un cristal.

Pero vino el paréntesis que ahora se cierra con la reapertura del taller, aunque yo todavía siga con este síndrome de la cabaña, en mi caso más acentuado por vivir casi en una cabaña, en medio del claro de un monte, que ahora se ha arbolecido con los castaños y los olmos y los robles que planté con mis propias manos, hoy tan grandes que parezco diminuta a su lado.

Y con el trino de un mirlo haciendo eco sobre las paredes del aire de este primer día de junio, me he despertado pensando que le había prometido a mi amiga escribir sobre su taller porque me quedé muy impresionada una vez que entré y me encontré con todo ese trajín de mujeres en bata blanca que me recordó al de los laboratorios, ya que también allí utilizábamos cacharrería de cristal y rotuladores para nombrar sobre el vidrío lo que contenían, a la manera en la que, a mí, me gusta la escritura, transparente, sobre las cosas mismas.

Todo el taller está lleno de esa verdad que huele a auténtico, ya sea a madera, a goma laca, o a cera caliente, y hay un aire de esperanza en cada mueble tronzado que tiene en este taller una oportunidad de regresar a la vida después de haber sido arrumbado, o maltratado, porque Mónica, que es la persona, de todas las que yo conozco, que más ama a los animales, trata igual a sus muebles y espejos y sillas rotas, y les habla como si pudieran escucharla, que a lo mejor lo hacen, y lo mismo le pone a un marco láminas de pan de oro, que restaura un plato de porcelana.

Porque es la restauración su oficio, y su arte, y su magisterio cuando también da clases en la UDC a los futuros restauradores, y que no sólo consiste en transmitir sus conocimientos técnicos, sino en toda una filosofía que se resume en que las piezas bonitas, ya sea un mueble, un espejo, o una silla, hay que cuidarlas.

No es lo que hace, sino cómo lo hace, y todo lo que ello implica, de no tirar nada, de dar valor a lo que vale, de hacer que cada pieza sea única, como su propio taller, en una calle coruñesa que lleva el nombre que más le podía ir a este lugar, calle Pintor Joaquín Vaamonde, uno de los pintores dolientes que murieron muy jóvenes, alrededor de los treinta, por tuberculosis; Vaamonde con sólo 28 años, no sin antes dejar sobre el mundo lo mejor de él mismo, que fue la delicadeza de su arte con retratos al pastel llenos de fuerza y de belleza.

La belleza, cuántas cosas remedia.

Y eso logra el Taller Mónica Arrojo, salvar la belleza.

Ahora que empezamos a preguntarnos qué hacer con nuestras manos, además de lavarlas mucho, o teclear con tanto teletrabajo, resulta que además podemos recuperar la belleza de las cosas olvidadas, que valen hoy más que nunca, porque guardan un tiempo que se ha ido.