Mayo

Tenía que ser siempre mayo.

Que los días fueran siempre así, en esta isla verde en la que vivimos, con el cielo tan azul de estos días y los campos florecidos de caléndulas. Hay algo ahora que nos agarra más que nunca a la tierra, y cualquier sucedido, aunque nunca antes le hubiéramos dado importancia, que siempre se la dimos, aparece como algo extraordinario. Cantan los grillos. Hay un verbo para este canto, que es grillar, y que yo desconocía, aún siendo tan sencillo, porque solía emplear más estridular, por el estridor que produce con sus élitros o alas.

Y es por este canto de los grillos por el que se aprecia que la tierra ya se ha calentado y que, incluso de noche, cuando el sol ya se ha ido, guarda un calor que hace cantar a los grillos como si fuera de día porque, aunque siempre hayamos creído que cantan sólo de noche por haber más silencio para oírlos, cantan igual en pleno día, llamando los machos a las hembras, o defendiendo su territorio cuando aran un campo y se ponen a cantar a la vez todos los grillos hasta que reorganizan sus galerías. Un amigo me ha pedido que cace uno, pero no sé. Y otro me regaló una jaula de grillos que nunca había visto y que me pareció preciosa, incluso vacía, con esa forma de cubo y su entramado de alambre con una pequeña trampilla para ir guardando los grillos. En su lugar, puse unos cascabeles, que también hacen ruido, aunque no sea lo mismo.

Hay tanto por aquí para mirar estos días en los que el tiempo pasaba a toda velocidad mientras estaba detenido, que, he de decir que he pasado, entre tanta preocupación, también unos días muy felices, y que ahora que podemos empezar a movernos un poco, no es que tenga el síndrome de la cabaña, pero hay algo como de vuelta a la realidad en esta apertura que, de alguna manera, en lo más profundo de nuestro ser, no estamos seguros de quererla porque todavía hay mucho que descubrir sin movernos del lugar mientras la luz avanza.

También los topos, han debido de notar la insolación de la tierra, porque ya se ven las primeras toperas que dejan al salir de su madriguera, con montoncitos aquí y allí de terrones desmenuzados, más secos que en verano, del sol que tiene la tierra estos días durante más horas.

Yo estoy convencida de que esta luz del sol, desde ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, nos ayuda, o así quiero creerlo mientras observo a los mirlos entrar y salir de un nido, en la barda de zarzas, que tengo perfectamente localizado pero que no me acerco a ver para que no lo aburran o aborrezcan. Mi vecino Ramón, descubrió un día uno y me vino a avisar para que lo viera, pero entonces aún no tenían pollos, y sí esos cuatro o cinco huevos de un azul celeste que, como si le hubieran copiado el color a este cielo de mayo, ponen los mirlos. En otra ocasión, fue entre las hiedras de la caseta donde descubrí sin buscarlo uno de estos grandes cuencos que son sus nidos, hecho de pajas y de hebras de hierba e incluso con alguna lana de una labor mía caída, tejida mejor de lo que yo lo hubiera hecho, y eso que no tienen manos los pájaros, sólo el pico. Como hacer una cama con las manos atadas a la espalda, es hacer un nido; pues bien, en esa ocasión, había cuatro pollos piando con la comisura de los picos muy amarilla y, afortunadamente, no pasó nada al verme, aunque la hembra no dejó de reclamar, con sonido de martillo, mientras me sobrevolaba. Y ahora, cuando oigo este reclamo inolvidable de madre desesperada, sé que estoy cerca de un nido, pero evito la tentación de ir a verlo, y me quedo mirando cómo entran y salen con el material para el nido en el pico, y ya en mayo, con el alimento.

La verdad, es que lo único que echo de menos estos días, es a los míos.

Poder abrazar a mi madre y a mi nieta.

Igual que hacen los gabatos en mayo al nacer, que se quedan muy pegados al suelo cuando intuyen un peligro; o los lebratos cuando se alebran, quedándose inmóviles, para que no los veamos recién nacidos sobre la yerba, se vive muy bien estos días, entre tanto susto, pegados a la tierra.

Si puede ser, con las caléndulas al lado, moviéndose con el viento.

Tenía que ser siempre mayo.