Primavera confinada

Entra el sol, sin pedir permiso, por todas las ventanas.

Hay una luz de verano, inundándolo todo, aunque hayan dicho esta mañana que bajarán las temperaturas y que va a llover toda la semana. Ni una palabra de la luz. Nunca me pareció más importante que ahora; incluso me he llegado a preguntar si los suecos están tan tranquilos porque la luz les acompaña ya casi 17 horas al día mientras que nosotros, hoy lunes 11 de mayo de 2020, nos quedaremos en las 14 horas 17 minutos 9 segundos, que es la duración del día calculada para Madrid.

Ni siquiera el 20 y 21 de junio, que serán los días más largos en España, con igual duración: 15 horas 03 minutos 46 segundos, alcanzaremos a los suecos, que para entonces disfrutarán ya de más de 18 horas y media de luz diaria.

Pero, ay, a partir de junio, ya veremos qué sucede, porque la luz se nos escapará como el agua entre los dedos, aunque hoy no quiero pensar en ello ni en nada malo, sino en el sol que entra por la ventana y en los castaños ya florecidos y en el hipérico (Hypericum androsaemum) que vi ayer y que no supe reconocer y al que tengo que regresar en el paseo de las ocho, o de las siete, que ya nos han desdibujado por aquí las horas, para fotografiarlo despacio, con esas flores que son como botones de un amarillo dorado, dispuestas sobre unas hojas con forma de hélice de avión de planos muy anchos donde parecen haber aterrizado, salpicadas, no sólo estas flores sino los frutos, aún más bonitos, amarillos los inmaduros, y muy rojos los que ya me iban sonando de haberlos visto en los ramos de las floristerías, pero no en la umbría del bosque.

Y el caso es que no pensé, ¡qué maravilla!, sino en la indiferencia de las flores en esta primavera confinada donde me ha parecido que había más variedad que nunca, además de árboles tronzados por los temporales, y como casi nadie ha ido al bosque ni a la orilla del río, siguen tal cual los dejó el viento, pero secos ya, cubiertos de una hiedra que ha empezado a engullirlos mientras florecen por el suelo las primeras violetas silvestres.

Nunca antes me pareció tan indiferente a nosotros la Naturaleza, también ella tan a su aire, y lo más probable es que haya sido siempre así, creyendo nosotros que éramos quienes llevábamos la batuta de esta orquesta y resulta que la música ha seguido sonando, incluso aún mejor, mientras estábamos confinados.

Hay quien quiere ver en esta calamidad con la que ya convivimos abiertamente desde hoy, una suerte de venganza de la Naturaleza, por lo mal que nos hemos portado. Ya quisiéramos tener tanto poder, ser tan importantes. Lo hemos visto en directo: no han pasado ni dos meses, y ya estaban los animales por las calles y los jaramagos floreciendo por las aceras.

La Naturaleza es imparable, con o sin nosotros. Pero la verdad es que ha habido tal negligencia en nuestro modo de vivir hacia los procesos naturales que se diría que, de pronto, en este tiempo de calma, lo hemos visto más claro: y es que la Naturaleza se las arregla perfectamente sin nosotros, mientras que, nosotros, no podemos vivir sin ella.

Y no ya sólo desde el punto de vista de los recursos; imaginemos, por ejemplo, qué habría pasado si, mientras estábamos confinados, no hubiéramos podido disponer de agua corriente, de aire respirable, de alimentos del mar y de la tierra comestibles, ni de la luz del sol entrando por las ventanas… Sino que, a mi modo de ver, se ha despertado algo más que subyacía en lo más profundo de nuestras entrañas, y es esa conciencia de fragilidad que ha hecho aflorar la compasión por todo lo que nos rodea, al comprender que vivimos sustentados por una red de especies que no sólo son nuestras contemporáneas asistiendo en tiempo real a esta desgracia de la Humanidad, sino que quizás sean también las que se queden aquí, floreciendo sin que las veamos, como han hecho esta primavera.

Esto ha sido algo así como cuando pudimos ver la Tierra desde el espacio por vez primera, el planeta azul y blanco, allí al fondo, solitario en la insondable y brillante oscuridad del Universo.

Resulta cuanto menos curioso que, sabiendo todos y cada uno de los adultos que somos, que un día moriremos, no hayamos pensado jamás en que podríamos desaparecer algún día como especie.

Por eso conviene recordar, para no olvidarlo, que casi todas las especies que han existido alguna vez sobre la Tierra se han extinguido ya, al aplicar la Naturaleza, ante la limitación del espacio disponible, un sistema de turnos que acaba tejiendo una red de especies para sostenerlas, pero que hemos agujereado, haciendo trizas el Paraíso.

Por eso creo que habría que hablar más que nunca de Biodiversidad, ese precioso término cuya autoría pertenece a un botánico llamado Walter G. Rosen para abreviar el concepto de “diversidad biológica” que una y otra vez tenía que escribir en su trabajo para el Foro Nacional de la Diversidad Biológica celebrado en 1985 en Washington. Tantas veces repitió aquella palabra que, cuando Edward O. Wilson publicó en 1988 un resumen de ese foro, lo tituló: “Biodiversity”.

Creo que habría que añadir el factor Tiempo a ese término para que incluyera no sólo la variedad de especies actual, sino la de todos los tiempos desde el principio: Cronobiodiversidad: todas las especies, también las que no están.

La Naturaleza es una fuerza hecha de fragilidades.

Y una de ellas es la del hipérico, ayer en el bosque tronzado por los vendavales.

Y otra, la nuestra.

Al genio de la lámpara de esta fase 1 que hoy estrenamos en Galicia con un día lleno de sol, le he pedido ir a dar un paseo a la orilla del océano.

A ese lugar donde empieza y termina todo que es el mar.