La golondrina

golondrinas

Ha sido una maravilla ver este año llegar a las golondrinas.

Comprobar que, aunque los días se hayan detenido, siguen volando desde África para beber en la alberca de mi casa y anidar en las cuadras de Manuela, sobre los mugidos de las vacas.

Hoy ha amanecido un día que era un regalo, por la cantidad de lluvia que se había quedado sobre todas las plantas, y a medida que el cielo clareaba se veía por todas partes el brillo de las estrellas en las gotas de agua. Los grelos, ahora ya con sus frutos que parecen judías verdes en miniatura pero alzadas hacia arriba como los brazos de un candelabro, parecían encendidos, de la cantidad de destellos que sacaba el sol al agua, a las nueve y media de la mañana, cuando todavía el tren no había pasado para romper el silencio mientras los gamones, muy derechos y alzadas sus flores blancas sobre las varas, se cimbreaban emitiendo destellos, diciendo, con tanta flor en lo alto, que este 2020 será un buen año agrícola.

Cada vez soy más consciente de que, aunque la foto a una flor puede llegar a ser una obra de arte, hay que grabar o filmar todas las flores. Quiero decir que en ese movimiento que hacen está no sólo una buena parte de su belleza, sino también algo muy propio, porque según voy observando estos días las especies silvestres que rodean mi casa, para las que de pronto he encontrado un tiempo de observación que antes no tenía, resulta que se percibe que, así como hay diferencias en el tipo de tallo, inflorescencia, color de los pétalos, fruto, etc…. Casi nadie, o nadie que yo haya leído, ha recolectado esta peculiaridad de la planta en cuanto a su movimiento en el espacio, ya sea inclinando la cabeza como si asintieran en las silenes, haciendo giros casi en espiral las linarias, o moviéndose de un lado a otro como si bogaran los gamones. Todo ello, sin dejar caer al suelo una sola gota de agua como si la rociada se resistiera a evaporarse o a dejarse arrastrar por la gravedad.

El campo, así, bajo el sol, empapado y brillando al mismo tiempo, con todos sus verdes nuevos y las golondrinas recién llegadas volando, se me antojan ahora de las cosas más bonitas que he visto en mi vida, o puede que ahora todo me parezca aún más bonito que antes, aunque siempre me haya dado cuenta de la belleza.

Iba pensando esta mañana mientras caminaba en cuánto me alegraba de  haber vivido. Quiero decir que estuvo bien que jamás hubiera escatimado la felicidad cuando pasaba por delante como el año pasado cuando fuimos casi cinco meses a París a cuidar a nuestra nieta, aunque aquello fuera con toda probabilidad el gasto mayor que hacíamos en nuestra vida, y que ahora sería imposible realizarlo porque las fronteras están cerradas, los aviones parados y las calles vacías.

¡Quién nos lo iba a decir!

Doy ahora por bueno todo lo que alguna vez nos permitimos.

Recuerdo que, entonces, mi razonamiento para convencer a mi marido de que la casa de París debía de ser la más bonita que encontráramos, fue la teoría de la relatividad de Einstein, con aquello de que el tiempo era relativo al espacio donde íbamos a pasar los días más felices de nuestras vidas al cuidado de Gabrielle, entonces de sólo cuatro meses, y que no había que escatimar ni ser cicateros con un lugar en un tiempo que sería el más valioso del Universo para nosotros.

La verdad es que, de París, regresamos arruinados, pero felices.

Cuando íbamos al parque, solíamos detenernos a merendar en Marcel, mi marido un club sándwich, la niña un potito de fruta, y yo un te con una tarta de fresas. La terraza de Marcel está situada en una de las calles más  tranquilas, silenciosas y hermosas de Montmartre porque no sólo traza una curva con unas casitas que tienen un pequeño jardín delante, sino que viene a dar allí el último sol de la tarde, y en esa paz en la que no se oye nada más que tu conversación y la de los pájaros, merendábamos los tres, no sin sentir yo un poco de cargo de conciencia por gastar, sólo en la merienda, lo que podría costar una cena.

Qué poco vale ahora el dinero.

Cuando lo único que importa no es ya estar vivo, sino haber vivido mientras la vida era hermosa.

Inocente como una golondrina.

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