El origen

“Como en casa en ningún sitio”.

Al igual que el alcalde de Verrières en “Rojo y Negro” de Stendhal, yo también heredé unas cuantas frases, en mi caso, de mi abuela, además de una lata de galletas que sigue oliendo a galletas María aunque no haya ni una.

Ahora me doy cuenta de que el valor de una herencia se puede medir también en palabras: “lávate bien las manos” mientras me enseñaba cómo hacer pompas de jabón, soplando suavemente sobre la espuma del túnel que construía con los dedos casi cerrados en la palma de una mano.

Mi abuela Paz, que hablaba poco, me enseñó mucho.

Pienso ahora que me enseñó a escribir, al regalarme sus pasaportes caducados para que redactara en ellos un diario (“no se tira nada”) y me enseñó a leer, al regalarme a mí, y sólo a mí ¿por qué? siendo tantos sus nietos, un libro enorme, e imagino ahora que carísimo porque era un gran tomo preciosamente ilustrado con dibujos hechos con lápices de colores, más bien bocetos, muy artísticos, de los “Cuentos de Andersen”. El libro, dedicado por mi abuela, lo he perdido. Lo siento Rafa, tengo que volver a escribirlo: te diré que un día me encontré con tu hija en un avión y le pregunté por el libro que le llevaste un día cuando era pequeña y que me pediste encarecidamente y que yo, encarecidamente, te dije que no podía dejártelo porque era un regalo de mi abuela. Hará treinta años de esto. Tu luego te fuiste a vivir a Namibia. Todavía hoy, busco mi libro. Guardo la esperanza de que algún día aparezca. Por si alguien lo encuentra, tiene mi nombre escrito con letra de niña.

No sé cuánto sería capaz de pagar por él.

Impagable también es el recuerdo de la librería o papelería donde compramos ese libro, creo que en una excursión a Denia. Era verano. Estoy viendo el mostrador, a la altura de mi cuello, el señor que nos vendió el libro, mi abuela mirando las páginas, leyendo, pensando, quizás sopesando el precio; mientras tanto, yo allí abajo, el pelo muy liso y muy negro, la piel recién tostada llena de pecas, la nariz respingona, los brazos largos y las piernas muy delgadas, un peto vaquero azul turquesa de pantalón corto, chancletas también azules. Mi abuela vestida con uno de sus elegantes vestidos camiseros. Yo esperando, muy callada, sin saber si el libro sería para mí, imposible creer en algo para uno solo en una familia numerosa; pero sí, al salir, sin ser mi cumpleaños ni habiendo sucedido nada especial para que mi abuela, tan austera, tomara una decisión como aquella, me entregó al salir de la librería un tomo que casi pesaba más que yo: “Es para ti”.

Leí y releí hasta la última coma.

Los “Cuentos de Andersen” ¿se ha escrito alguna vez algo mejor?

Bueno, quizás el libro de recetas culinarias escrito a mano con el que estoy cocinando en estos días de confinamiento en los que me siento, con el olor que sale del horno, más acompañada que nunca por mi abuela, Paz de Olavarría.

Una buena parte de las recetas, empiezan por la harina…

¡Qué importante es la harina!

Y ahora diría aún más, ¡qué importante es el trigo!, y todavía más, ¡qué importante es la espiga!, y aún más, ¡qué importante es el grano!, hasta llegar al origen.

Cuando se deja de vislumbrar el origen de algo se pierde lo esencial.

Por eso me llama la atención que en la mayor crisis mundial que yo haya conocido se haya despachado en cuatro líneas el origen de este coronavirus y que además se haya hecho, no desde el origen mismo, sino a partir de una base de datos previamente elaborada, llegando a una tajante conclusión basada en “el análisis de los datos disponibles sobre el genoma de este virus” que es como creer que se ha hecho pan por haber calentado, en el horno, un producto precocinado.

Así hemos vivido en la era precoronavirus: haciendo cosas a partir de otras cosas que nos daban medio hechas para hacernos creer que las hacíamos nosotros cuando en realidad no estábamos haciendo absolutamente nada.

A estas alturas ni siquiera hemos llegado a vislumbrar, con una mínima certeza, cuál es el origen de este virus: ¿un murciélago? ¿un pangolín? ¿un mercado de animales?

Probablemente ninguno de ellos.

¿Dónde comenzó entonces?

¿Cuál es el origen de este nuevo coronavirus?

Resulta cuanto menos curioso que se afirme sin dudar, lo cual es siempre muy poco científico, que ha evolucionado este virus en algún animal antes de ser transferido a los humanos, pero sin especificar, ¡a estas alturas!, de qué animal se trata, ¿tantos mamíferos hay que aún no lo hemos encontrado?

Demasiado distinto es este virus.

Endiabladamente distinto.

Se dice, además, que ha surgido por “selección natural”.

Cuando estudié Evolución, una asignatura que jamás se me dio bien, me quedaba sin embargo absorta, no ya en los cladogramas resueltos, esos árboles filogenéticos que indican cómo una especie ha evolucionado hacia otra, si no más bien en los puntos suspensivos con los que se resolvía a trazo grueso lo que no había manera de explicar.

Con este coronavirus…me pasa igual: no consigo apartar de mi pensamiento esos puntos suspensivos que tendrían que unir por evolución natural, se supone, a este coronavirus con el SARS-CoV-1.

Hay dos aspectos que sorprenden:

La proteína S de las espículas, que son la llave con la que el virus abre la puerta de las células de nuestros pulmones al unirse a las enzimas ACE2 que sobresalen de la membrana celular, lo hace, en el caso del SARS-CoV-2, con una fuerza diez veces mayor que el SARS-CoV-1.

Y un segundo aspecto: la afinidad de las espículas con estos receptores de nuestras células es también mucho más precisa en el caso del SARS-CoV-2.

Afinidad y fuerza.

Esa llave está demasiado calculada para ser obra de la Naturaleza.

Podría imaginar un salto, pero no dos saltos al mismo tiempo, tan notables.

Creo en la casualidad, pero no en las casualidades. No en ambas a la vez.

Por otro lado, ha pasado poco tiempo para una especificidad tan alta. La Naturaleza, también la de los virus de los que aún nos quedan por descubrir millones de ellos, no tiene prisa, porque si de algo dispone la Naturaleza, al contrario que nosotros, es de tiempo.

Todo esto lo escribo literariamente, no de manera científica, sino que barrunto aquí lo que no me deja dormir pensando en si resultara que este virus no formara parte de la Naturaleza, o al menos no al cien por cien, y que si investigáramos desde su origen, hallaríamos quizás una quimera en alguno de sus 29.900 nucleótidos del ARN, o en esa llave de glicoproteína S de las espículas, algo que nos diera una pista de lo que realmente ha sucedido, al igual que al mirar las iglesias de piedra acabamos por descubrir la muesca que el humilde cantero, en su vanidad, tan humana, ha dejado en alguna piedra para que alguien, cientos de años más tarde, la viera y supiera que él, logró esa proeza.

Columbro que tiene este coronavirus muy poco de silvestre y mucho de cultivado.

Demasiado cuadriculado es este virus para ser obra de la Naturaleza.

Demasiado tallada está su llave.

Demasiado específico para ser espontáneo.

Demasiadas modificaciones ha conseguido en un breve espacio de tiempo si lo comparamos con otros coronavirus de su misma familia que le preceden.

Además, su extraordinaria transmisión, favorecida por la estabilidad que le otorga esa fuerza y superlativa afinidad, más que natural, parece accidental, algo que hubiera caído sin querer sobre el mundo.

Eso es lo que pienso.

Y esa es mi esperanza, que, al enfrentarnos a algo humano, esté también en nuestra mano, anular esa llave del coronavirus que da origen a la dramática enfermedad del Covid-19.