Los sonidos del silencio

Hoy ha amanecido un día más frío y menos azul.

Hace tanto viento que escribo con el ruido del tableteo de una contraventana de madera que golpea la pared, una y otra vez, como si ondeara igual que una bandera mientras una pareja de zorzales charlos, con una luz preciosa, dorada, sobre sus pechos claros llenos de pintas oscuras con forma de flecha, se sostiene sobre las ramas con el pico al viento, flotando pero sin soltarse, como si navegaran amarrados al olmo.

Me cuesta escribir con este sonido, que me hace dudar de si ir a colocar mejor la contra, o si cerrarla directamente, pero me da pena perder la luz de esta tarde, que es ya casi lo único que tenemos, la luz creciente de los días, y este cielo azul que nos compensa de no poder ver el mar desde aquí.

Me he acostumbrado tanto al silencio, que me molesta hasta el ruido del viento. No creo que pueda pasar ya sin el silencio, ese inesperado regalo de estos días, donde aprecio hasta el más mínimo sonido y donde los cantos de los pájaros resuenan, no sólo aquí en el campo, más que nunca, sino también en las ciudades como París donde mi hijo mayor se quedó maravillado el fin de semana pasado al darse cuenta de que no se oía nada más que a los pájaros. Ni un coche, ni una pisada, ni el murmurar de la gente. Las calles, no ya vacías, sino en silencio.

Un sonido, el de no oír nada, que jamás habíamos escuchado.

Pienso estos días que las ciudades de la era precoronavirus no deberían de volver a ser las mismas, que los coches tendrían que quedarse fuera mientras no se dilucide si el aire contaminado, del que ya sabíamos que era nocivo para la salud, pudiera ser también, no ya sólo un transmisor de virus, sino una potente incubadora por el efecto de boina que produce la contaminación sobre las ciudades; de manera que, a no ser que el día venga ventoso como el de hoy, las partículas y subpartículas se quedan flotando bajo esa suerte de lona de humos que hace que el aire libre sea igual, o peor, que el aire de un lugar cerrado.

Todo esto ya se verá, pero habrá que verlo, y ojalá también pudiéramos ver al virus. A mis hijos, suelo decirles que vayan a hacer la compra lo menos posible, y que cuando vayan porque no les quede más remedio, que se adentren en el supermercado pertrechados como si fueran a entrar a un laboratorio de microbiología.

Pienso que el principal problema que nos está dando este virus es por no verlo. Es cierto que se trata de un “tipo de vida diminuta” como lo definió Pasteur, pero así como se utiliza el color para el test del diagnóstico rápido para saber si se tiene la enfermedad del Covid-19, me pregunto si los químicos podrían idear alguna sustancia que, a granel, por detección de las proteínas del coronavirus, nos permitiera discriminar en la limpieza, al ver los lugares donde se ha depositado una mayor carga viral, tiñéndolos de rojo, que es el color aposemático, disuasorio, de la Naturaleza, el prohibido de las alas de una mariposa vulcana o de un fruto de espino.

Mientras tanto, este silencio antediluviano que escuchamos estos días, nos ha traído no sólo el canto de los pájaros, sino sonidos de animales que jamás antes se hubieran atrevido a adentrarse en las grandes ciudades como los zorros o las cabras monteses. He intentado buscar un reportaje con el que estrené mi colaboración con esa gran revista que fuera Blanco y Negro, pero han cambiado la hemeroteca de ABC y no he localizado más que la fecha de su publicación: 29 de marzo de 1998 y su título: “¿Qué pasaría si el hombre abandonase la ciudad?”

Me centré en aquel reportaje a todo color de varias páginas cuajadas de fotografías, del que guardó mi padre varios ejemplares y del que yo no tengo ni uno, en las previsiones que me dieron varios científicos para cada una de las ciudades españolas más importantes, y lo que mejor recuerdo es el regreso de los líquenes, desaparecidos de las ciudades cuando se dispersaron, con la combustión de los coches, los óxidos de nitrógeno que hoy están desapareciendo, con la ausencia de circulación, del aire.

Jamás pensé que viviría yo para ver lo que había previsto en un ejercicio casi de ciencia ficción.

Que los líquenes colonizarían de nuevo la ciudad, y que las voces de los pájaros resonarían entre las fachadas de los edificios como en un acantilado.

Esta próxima semana, llegarán además los vencejos, los pájaros que duermen en el aire.

Me pregunto qué pensarán cuando se encuentren las calles vacías.

Y en silencio.