“Biología Humana ¡…a ver si nos entendemos!”

Escribo con los dedos de una mano del brazo izquierdo.

El derecho, lo llevo en cabestrillo porque el miércoles pasado, en un día de sol donde se diría que nada malo pudiera suceder, me clavé, podando con guantes y gafas de seguridad, entre los nudillos, una espina de zarza que se ha infectado por lo cual debo de llevar el brazo en alto si no quiero verme abocada a entrar en el quirófano, “con ingreso hospitalario”, me advirtió ayer con mucha amabilidad pero con total firmeza el cirujano plástico.

Lo único bueno de esa situación sería que, al despertar, vería la cara sonriente de Salvador Fojón, Salva para los amigos, que ahora se me antoja el nombre mas apropiado del mundo porque siempre nos ha salvado, a familiares y vecinos, de todo lo que conlleva despertar en una UCI.

Precisamente estuvimos con Pilar y su marido Antonio charlando de Salva al sol, poco antes de clavarme la espina, en el cruce del camino, con todo el valle, muy verde y muy azul, y los grelos florecidos de amarillo y las coles recién plantadas y las vacas pastando al fondo, de lo agradecidos que le estábamos todos a Salva por haber preguntado por ella, e ir a verla, cuando operaron a Pilar hace dos meses de un edema intracraneal tras resbalar y caerse en el gallinero. Su sonrisa, y la de Antonio, resplandecían mas que esta luz de febrero por estar Pilar ya recuperada, dando tranquilamente un paseo, contándonos lo agradecida que estaba a Fojón, que es como llamamos a nuestro querido doctor Salvador Fojón Polanco.

Tengo aquí su libro: “Biología Humana ¡…a ver si nos entendemos!” editado por Biblos, que es el mejor libro de Biología que he tenido en mi vida, y escribo esto de manera objetiva, porque aún sabiendo cómo es Salva cuando cuenta una cosa, y habiendo leído ya libros de él, no podía imaginar que hubiera escrito una obra de tal calibre, tan maravillosamente explicada, llena de curiosidades y de ilustraciones y fotografías donde el sentido del humor, que es el colmo de la inteligencia, no falta.

Ahora entiendo aquellas tardes en la que íbamos a verles y estaba Salva “estudiando”, nos decía, entre nidos y esqueletos y libros científicos de todas las materias, con una salamandra viva en lo que era el horno de su preciosa casa de piedra, que antes fuera de una artista, la pintora María Antonia Dans, que ha dejado la magia de sus pinturas flotando por el lugar porque yo no he visto una casa de piedra más preciosa y con un jardín tan silvestre y a la vez tan cuidado como el de Salva y Paz, con esa luz que tiene el valle de Salto que procura aún más belleza a todo lo que, al atardecer, toca, como los rayos del sol colándose entre las rejas de la ventana de su cocina.

Si nos vamos al libro, leeremos quién es Salvador Fojón Polanco:

“Licenciado en Biología por la USC y doctor en Medicina por la UDC. En la actualidad es responsable de la Unidad de posoperatorio cardíaco del Servicio de Medicina intensiva del Hospital Universitario de A Coruña y profesor de Biología en la Escuela Universitaria de Enfermería de la Universidad da Coruña. Participa, desde su puesta en marcha, en el programa de trasplante de corazón de dicho hospital. De la mano de la ONG Solidariedade galega dirige proyectos en Perú, Nicaragua y Senegal destinados a prevención y tratamiento de la patología relacionada con el buceo profesional. Con la organización DTI-TPM (…) contribuye a la difusión internacional del llamado modelo español de trasplantes, mediante cursos impartidos en diversos países”.

Para mí Salva, es el amigo que nunca falla.

De su libro, me quedo con la foto de la página 66, donde entre las icnitas de la playa de La Griega en Colunga (Asturias) aparece “una joven hembra de Homo sapiens”, una sabia de la malacología y de la amistad que es su compañera, con toda la profundidad del término, que es Paz.

Mi padre los adoraba, por su bonhomía y su bohemia de pareja de sabios en el campo.

Viven en el valle del otro lado de la aldea, y sin embargo, siempre están cuando los necesitas.

A veces, nos detenemos ante las mismas plantas que se dan por la carretera, una variedad blanca de una Digitalis purpurea, porque además de por la amistad, estamos unidos por la mirada hacia la Naturaleza. También por la ría donde nos encontramos tomando un día unas cervezas en plena calma chicha mientras un delfín mular nadaba bajo el casco de su precioso velero de madera.

El único retrato que tengo de Darwin, me lo regalaron Paz y Salva. Su amor por la Naturaleza es inmenso. Y su sabiduría.

Con este libro de Salva, que recomiendo vivamente a todo el que quiera saber biología de una manera fascinante, que es como explica Salva la ciencia, miro todo con mayor entusiasmo si cabe que antes de empezar a leer sus páginas en las que a veces me detengo, emocionada, a pensar en lo que he leído.

Salva, ¡qué bien escribes!

Hoy, mirando por la ventana el día tan bonito que hacía, se me vino a la cabeza que, incluso el último de nuestros días, puede ser también un día precioso, y hacer sol, ¿por qué no?

Mientras tanto, quiero comprender la vida gracias a lecturas como la de esta valiosísima obra que ha escrito un buen amigo al que admiramos, queremos y apreciamos muchísimo.

¡Enhorabuena Salva!

De corazón.