El virus no llama a la puerta

Salgo de Madrid entre la niebla.

Voy pensando, divagando como si paseara entre mis cavilaciones, en el taxi que me lleva a la estación de Chamartín, cargada como una abuela de provincias, que es lo que ya soy. No sé cómo la maleta pesa casi igual que cuando fui a Paris la semana pasada para dormir unos días con mi nieta, que es como dormir en el cielo. Abrir los ojos y encontrármela despierta, mirándome muy atenta, de pie, agarrada a los barrotes de su cuna, para después cogerla en brazos, ¡esa sensación de la niña recién despierta oliendo aún a sueño! y sin soltarla, ni despegarse ella de mí, hacerle un biberón mientras vigila muy callada cómo borbotea el agua del calientabiberones aprendiendo a esperar, lo cual le será tan útil para el resto de su vida, es el momento más parecido a la gloria que existe.

Siempre me ha entristecido que se estropeara la Naturaleza, pero ahora no sé qué sería capaz de hacer porque el mundo fuera otra vez nuevo para esta niña y para su hermano, ya en camino. Si lo más que hice por mis hijos fue amenazar a un feriante para que detuviera la noria en la que daban vueltas porque me pareció, nada más subirse, que las tuercas del vetusto artilugio no estaban bien apretadas; no sé qué sería capaz yo de hacer ahora por Gabrielle. Todavía las estoy viendo, entre la oscuridad veraniega alumbrada de lucecitas de la feria, las caras de enojo de mis dos niños, allí arriba, cuando por megafonía, quizás para vengarse de mí con la furia de dos hijos a las puertas de la adolescencia, dijo el encargado de la noria, con esa voz potente y ronca de los feriantes, haciendo que todo el mundo se volviera: “A ver. A ver. A ver. Aquí hay una señora que me pide detener la noria para que bajen sus hijos”. Todavía hoy, no me lo han perdonado.

Por Gabrielle creo que puedo llegar aún más lejos. Cuando este verano pude comprobar que, mientras ella metía sus piececitos en el agua del mar, venía flotando hacia la orilla una espumilla sospechosa, que tan bien conozco porque la detesto con todas mis entrañas al ensuciar el día y el agua y hasta el cielo por donde vuelan dos charranes y toda la belleza de una playa cuya agua está calificada de “excelente”. Alcé la vista con toda la furia de mi alma sabiendo lo que iba a ver de nuevo: un carguero fondeado en la ría por no pagar las tasas del puerto. Dejé a buen recaudo la niña y me fui a por el móvil. Llamé al Seprona. No sé qué les dije pero mientras subíamos las escaleras, orladas de helechos gigantes, bajó un agente a tomar muestras, y no he sabido más del asunto. A día de hoy, todavía fondean impunemente los cargueros en una ría declarada “reserva de la Biosfera”, aunque creo que olvidaron al hacerlo incluir lo más importante: el agua.

De llorar.

Pero ahora la amenaza es más intangible, y en cuanto llegaron las primeras noticias del coronavirus, me ofrecí a refugiar a la niña en la aldea, para, ante la lógica de sus padres de no desprenderse de la alegría de sus vidas, ni a la niña del necesario afecto paterno, me ofrecieron a cambio darle una semana de vacaciones de la “crèche” o guardería, que podría pasar yo en su casa con ella. Acepté sin dudarlo, no sin antes buscar unas mascarillas porque no sé por qué imaginaba yo que todo el mundo en París las llevaba, cuando mi hijo me había dicho claramente que sólo se veían algunas personas con ellas.

Aún así no quedaba ni una en las farmacias de Coruña porque, según dijeron, había hecho acopio la comunidad china para enviarlas a sus familiares. De pronto, se me encendió la luz, y llamé a la farmacia de nuestra aldea: tenían para dar y repartir, así que las reservé todas para llevarlas a París y que tuvieran para cambiarlas a menudo. De paso, le pedí también a mi hermana, farmacéutica, que a través de sus amigos me consiguiera por favor las mejores, con filtro, pensando en cómo iba a arreglármelas para que la niña no se las quitara, cuando ni siquiera soy capaz de mantener el gorro de lana en su cabeza más de un minuto.

No es el miedo lo que me movió a llevar tantas mascarillas y una caja de guantes azules, que dicen que son los mejores, entre las latas de pulpo, grelos y sardinillas, sino el amor, porque me parecía que no podía llevarles nada mejor que lo más buscado, más aún que el oro, hoy en el mundo.

Ya en la T4 empecé a pensar cómo iba desvelarles mi cargamento sin que cundiera entre ellos, que son de natural tranquilo y feliz, la alarma. Incluso me guardé una mascarilla en el bolsillo, no por mí, sino para no llegar a su casa con un virus indeseado, además de yo misma. Creo que fueron sólo dos personas las que conté portando la mascarilla en el aeropuerto, ¡con lo grande que es la T4!, lo cual me decepcionó profundamente, porque yo me sentía como si estuviera desempeñando una misión importante en un momento excepcional, y esa normalidad en el aeropuerto, la gente tan tranquila como si nada sucediera, me desconcertó.

Desde París seguí las noticias de la cancelación del Mobile, del que ahora dicen que se debe a causas que no son las que se han manifestado, pero desde mi punto de vista han hecho muy bien en cancelarlo porque ni el 5G, ni la más sofisticada tecnología, tienen nada qué hacer ante un virus que es un ser y un no ser.

Si hay una pregunta esencial que aún no ha respondido la ciencia es: ¿qué es la vida? Nadie ha sido capaz de definirla todavía. Ni siquiera sabemos su origen a ciencia cierta. ¿Qué podríamos decir entonces con acierto de un virus que ni siquiera entra en la calificación de “ser vivo”? “Tipo de vida diminuta” lo llamó Louis Pasteur.

De todo lo que estudie en la facultad de Ciencias Biológicas de la Complutense, donde no he pasado más frío en mi vida, al tener horario de tarde en un aula magna tan grande que no había calefacción capaz de calentarla cuando caía como el más negro de los telones la noche de invierno de manera que casi todos mis apuntes los tomé con guantes de lana; pues bien, lo que más me sorprendió, precisamente, fueron los virus. Su manera de comportarse, su fuerza y a la vez su fragilidad al no ser nada sin las células que no tienen y que necesitan para reproducirse, ya que su naturaleza es acelular. Material genético y como mucho una envoltura y una capa protegiéndolo, es todo lo que tiene un virus. Y como no poseen de esta manera la vida por sí mismos, necesitan un huésped. Ya dentro de ellos, deslizan subrepticiamente su material genético en la célula que les hospeda y la ponen a trabajar para ellos a toda velocidad generando más virus. Esta es la auténtica “viralidad” y no lo de las redes sociales.

También es distinta su forma de comportarse a la hora de expandirse. No se mueven como lo hacemos nosotros, de manera autónoma, sino que se sirven siempre de algo, un animal, una corriente, una tubería, un estornudo, una niebla espesa de partículas en suspensión de la contaminación donde aterrizar como sobre un planeta.

Nunca fue más necesario que hoy el aire limpio y así es como lo quiero, ¡ya!, para que lo respire mi nieta. Pero es que además habrá que tomarse por fin en serio la pureza del aire si los virus comienzan a circular por una ciudad donde habrá que detener todos los coches que expelan puntos de apoyo para una expansión como hacen hoy las alfombras voladoras que son los billetes que pasan de mano en mano.

Que los virus se expanden de manera subrepticia lo están comprobando en ese monumental despropósito que son esos cruceros gigantes donde se han creído que con cerrar la puerta del camarote era suficiente, como si el virus fuera un ratón cualquiera. Una ratonera son hoy estos barcos. También un poco absurdo, a mi modo de ver, fue traer a los repatriados alejados unos de otros dentro del avión, que no digo que esté de más la medida, pero que choca un poco teniendo en cuenta que todos respiran del mismo aire del avión que se recicla sin limpiarse de virus.

Siempre se ha dicho que en el mar no hay barco grande. También podríamos asegurar que sobre la Tierra no hay una especie infalible. El 99, 999 por cierto de las especies que han existido alguna vez sobre la Tierra se han extinguido ya, nos hizo pensar Lewontin. Y así, de manera muy inteligente, a mi modo de ver, ha declarado el doctor Garau, experto en enfermedades infecciosas, al “Diario de Mallorca”, que sería “plausible” que un virus acabara con la Humanidad. Me ha gustado también la precisión de este doctor al llamar al virus por su nombre: SARS-CoV-2, y CoVID 19 a la enfermedad.

A mi modo de ver, creo que no hay que vivir atemorizados. Resulta absurdo entrar en pánico cada día de nuestras vidas por el simple hecho de saber a ciencia cierta, a diferencia del resto de las especies que no poseen esa conciencia, que algún día moriremos. Desconocer la fecha, no nos libra de ésta, nuestra única certeza en el mundo.

La proliferación de nuevas enfermedades, más temibles que todas las calamidades del clima, se podrían deber, apunta el doctor, a que estemos acabando con la fauna silvestre y sus hábitats, y que los virus, que tendrían que estar en la Naturaleza como llevan haciendo millones de años, hayan visto en este florecimiento humano, una oportunidad para vivir sin poseer la vida. Quizás no haya casi pangolines, pero sí personas. Que seamos hoy el mejor recurso de la Tierra, debería darnos qué pensar. Que no estemos dejando espacio, al aplastar la Naturaleza y sus bosques y sus océanos sepultados en inmundicia y plástico, no era un problema para Naturaleza, ni para este planeta, sino para nosotros mismos, pero no en la forma en la que imaginábamos, con paisajes destruidos y sin tener qué comer quizás, o como en el maravilloso final de “El planeta de los simios”, sino en una que nos humilla como nunca antes se hizo, al torcernos el pulso algo que es poco más que una submicroscópica partícula.

Es verdad que ya hubo antes otras epidemias, pero entonces el mundo no era una lavadora en pleno centrifugado, ni habíamos roto todas las barreras biogeográficas, ni habíamos contaminado hasta el último de los ríos, ni habíamos convertido el bosque en vertedero, ni nos habíamos cargado, en fin, la belleza que yo quería para Gabrielle, de un mundo de Naturaleza intacta, pura, verdadera, donde los virus no estuvieran más locos que nunca por nosotros.

Jamás hemos sido más pequeños.

Pero sigamos consumiendo, que es de lo que hablan hoy los periódicos, si afectará a no sé qué producción para que compremos el enésimo coche que contamine el aire y se mezcle con la niebla de un cielo que parece haber estornudado de pena.

Lo primero que he hecho al subir al tren, ha sido irme a lavar las manos. Porque es el jabón el arma más mortífera para un virus. Esto ya nos lo enseñaron nuestras madres, a las que hay que hacer mas caso que nunca, y enseñarles a los hijos y a los nietos, aunque sea haciendo pompas de jabón como hacía mi abuela Paz, algo que hago ahora también yo, para que lavarse las manos sea no sólo delicioso sino imaginativo y además en estos momento, sin duda, lo más saludable del mundo.

Del poder antiséptico del jabón me habló una amiga que es enfermera: Rosario, quien me dijo “Es el mejor desinfectante que existe”. Yo, que trabajé en unos laboratorios que fabricaban champús, siempre estuve intrigada por los tensioactivos y esa suerte de magia del agua al mezclarse con el jabón para hacer una espuma que tiene algo de nube y que ahora se me antoja lo más valioso del mundo al librarnos de los virus. Pero no agua y jabón. Sino jabón y agua. En este orden. Para que el jabón desactive los virus y luego el agua, los arrastre.

Es verdad que se estropean mucho las manos de tanto lavarse.

Pero a mí eso es algo que ya no me importa.

Porque de mis manos, no quedará nada, más que los huesos, pero sí tal vez, la belleza de las palabras que escribieron.