Gistau

Qué difícil escribir de un gran columnista.

Pero le debo estas líneas a Gistau porque creo que me hubiera escrito una bonita columna de haber sido la vida tan disciplinada como los segundos. Diez años le llevaba pero estábamos unidos por una clasificación que Anson había llamado “los 20 columnistas de Paco Umbral” en la que me citaba la última, a mayores, fuera de la lista, con mi nombre mal escrito.

Tan grande como Umbral, o más, es Gistau.

Escribía cada columna como si fuera la última, con la naturalidad de quien tiene para escribir una eternidad. Creo que lo conocí cuando me echaron de ABC, aunque yo no me fuera. Nos vimos en la conferencia que dio el consejero delegado de Vocento, Luis Enríquez, en un desayuno en el Palace. Era verano. Al salir, me presentaron a Gistau. Había algo de niño en su barba de viejo. Poco después nos encontramos en la cena de los Cavia, él con un esmoquin alquilado y su sonrisa de siempre. No sé por qué creo recordar que llevaba zapatillas de deporte. Era la libertad escribiendo y andando. También nos vimos una vez por la calle, a la salida del mercado de Torrijos. Me dijo que vivía cerca. Una señora estaba en un balcón, sentada sola, mientras hablábamos. De cualquier cosa podía escribir, para un día, algo extraordinario. Siempre me pareció el mejor. Y un gran tipo. Gistau es la prueba de que el don de la escritura, o cualquier otro don de un artista, no tiene por qué corresponderse con alguien extraño, infeliz o raro. Hay un empeño en repartir los dones. Y no va así. Gistau tenía muchos dones en una sola persona. Tenía el don de la sonrisa y el brillo en los ojos y en las letras.

Descansa en paz David Gistau.

Son para ti este año todas las flores de los almendros.