El Pasatiempo

El tiempo es lo que pasa entre las flores.

Pensé mientras miraba las primeras magnolias florecidas de rosa sobre unas ramas deshojadas que son casi igual de hermosas, un poco grises y llenas de vericuetos donde aquí y allá, casi siempre en febrero, surgen de la copa del árbol que es la magnolia tulípera, flores de un rosa muy delicado que nacen de unos sépalos que recuerdan a los de una amapola porque están cerrados como si de la crisálida de una mariposa se tratara.

En la Naturaleza, todo se parece, porque está hecho de tiempo.

Todo esto lo pensaba mientras enfocaba de lejos con la cámara una de las imágenes más bonitas que he visto últimamente, entre las rejas de un parque cerrado por mantenimiento, llamado precisamente “El Pasatiempo”, donde se veían las ramas de las magnolias cargadas de flores rosas balanceándose como los segundos delante de unos relojes muy blancos, que de lejos me parecieron de porcelana, cada uno con la hora de cada lugar del mundo, pero parados, lo cual me hacía ver el tiempo, no entre las agujas de los relojes, sino entre las flores, unas más abiertas y otras surgiendo en ese momento en el que el tiempo me pareció también una brisa que pasaba entre los pétalos y las ramas de las magnolias, que parecían los únicos árboles de la Tierra.

Este sencillo hecho, a mí me llena el pensamiento, porque me causó una impresión tremenda, ahora que las noticias nos hacen temer que el mundo tal y como lo conocemos podría paralizarse, y aunque luego, una vez más, no suceda nada, como suele ocurrir, sí es verdad que si un día sucediera, las magnolias seguirían floreciendo, como los ginkgos tras la bomba atómica.

Esa fuerza, que es toda delicadeza, de una flor, es una fuerza que se remonta doscientos millones de años, cuando aparecieron sobre la Tierra las primeras flores del mundo, grandes, olorosas y con simetría pentámera, como las que hoy están en las ramas de las magnolias, floreciendo como si no tuviera importancia dar belleza al tiempo mientras pasa.

Alrededor de estas magnolias la hermosura derrumbada de un parque soñado y hecho realidad por Juan García Naveira que empezó a construirlo en 1893 para inaugurarlo en 1914 sin terminarlo nunca porque siempre añadía nuevos elementos y esculturas para que sus conciudadanos pudieran ver el mundo aunque no se hubieran movido de Betanzos.

Se podría decir que es este maravilloso parque, aún lleno de magia, el primer parque enciclopédico del mundo, precisamente para contar el mundo, con camellos de piedra, asombrosos buzos, y la hora en decenas de relojes de todas las ciudades del mundo que atisbé a ver de lejos, entre las rejas, porque el parque original está medio en ruinas mientras, por sus flores, parece no haber pasado el tiempo.