Fiebre

Ahora sí este catarro me ha metido en la cama.

No es una situación que me disguste porque con la mesa que hizo mi abuelo para cuando se ponían enfermos sus hijos, me encuentro en la gloria, una mesa grande de cuatro patas cortas, como añadidas de algún mueble, y con una gran tabla de madera que pinté yo de blanco, y con una medialuna justo donde pones la cintura para que te deje alcanzar lo que escribes.

No conocí a mi abuelo. Cayó por un prado en automóvil, dando vueltas de campana, en un día en el que nevaba. Salió de Asturias hacia Galicia, para ver unas minas. Poco antes de marcharse para siempre de su casa de Mieres, le dijo a mi madre: “Estate arreglada que, en cuanto regrese, te llevo al baile”. Mi madre, cuando va al médico, repite esta frase, como si se le hubiera quedado clavada en el pecho. Estate arreglada…

Mi abuelo era tan bueno que cuando llamaba a su puerta un vendedor de seguros le hacía pasar, aunque estuviera cenando. Mi abuela Paz se quejaba, diciendo que ya le había firmado seguros de sobra. Pero mi abuelo insistía, “está empezando, le hará falta”, y cada vez que pasaba le firmaba más seguros creyendo mi abuela que jamás le harían falta a ella.

Vivían en una casa que solo he visto en fotografías en blanco y negro pero de las que podría describir hasta el ladrido de los perros, uno de ellos un mastín que corría por la valla; y oler la humedad del aire, mezclada con el hollín del carbón, y ese humo blanco que sale con pereza de las chimeneas en invierno mientras en el horno de la cocina se doran las cáscaras de unas vieiras donde se ponía la bechamel para cenar lo que mi madre me cuenta que llamaban “conchas”.

La casa era grande y arriba estaba el cuarto de juegos. Vivían muy bien. Mi abuelo era ingeniero de minas y, de aquellas minas, fue Director de Fábrica de Mieres. Por eso fue a Galicia, donde yo vivo ahora. También viví en la casa de los descendientes del que le dijo a mi abuelo de regreso, al encontrarle con el mecánico intentando arreglar su coche: “Sube, Sebastián, que te llevamos”. Al verlos salir a toda velocidad, alguien dijo: “Van a matarse”. De los cuatro ocupantes, sólo falleció mi abuelo. Mira que Madrid es grande, y fui a dar a una finca que daba a la Puerta de Alcalá, donde alquilaban el ático más bonito del mundo. Yo venía de la aldea, me había asomado durante veinte años a la misma ventana de la cocina para mirar el valle del que me había enamorado. No se oía nada porque además cuando llegamos no teníamos ni árboles ya que el campo era un linar con el que las ruecas giraban con las estaciones para hacer paños. Todo el paso de aquel lugar era el de algún vecino, todos queridos, y el de las vacas, que entonces eran más, y que mis hijos conocían una a una. Suelo contar la anécdota de mi hijo mayor cuando, yendo con mi suegra, se quedó mirando a una señora que se encontraron por el camino. Ante la cara de extrañeza del niño, le pregunto la vecina: ¿Por qué me miras así? Pero, ¡bueno! ¿es que no me conoces? Y el niño respondió: “A la vaca sí que la conozco”.

Nuestra vida era tranquila y apacible, excepto cuando había temporales o terremotos o incendios, que de todo hubo en veinte años, pero en general te asomabas y veías la niebla, o la lluvia, o las humaradas de las lumbreradas quemando las silvas. Por eso me quedé a dormir el primer día que me dieron las llaves de aquel piso con la mejor vista de Madrid. Yo nunca he vivido en las casas, sino en sus vistas. Necesito que la casa de enfrente, si la hay, sea bonita. Y si no la hay, que lo que tenga delante merezca la pena mirarse. Puedo vivir en un cuchitril, si tiene una ventana por donde mirar. Y desde esta casa que encontré como una joya en Madrid, se veía hasta la sierra de Guadarrama nevada, desde el ventanuco del desván. El dormitorio daba a un patio lleno de grietas y de encanto, donde puse en las ventanas, que eran casi balcones, unas hiedras, y desde ahí, apoyada en los barrotes de los pies de la cama, divisaba, al ser el mío el piso más alto, que incluso había que subir sin ascensor un tramo de escalera, el letrero de “Catalana Occidente” que había en la Puerta de Alcalá, la plaza de la Independencia. La casa era tan pequeña que cuando venían mis hijos, como al principio no tuvimos ni sofá, nos quedábamos en aquel piso de arriba, de antiquísima madera de pino tea pintada de blanco, los cuatro en la cama, cada uno leyendo o escribiendo, y a mí me solía tocar en los pies, desde donde me sentía una mujer de Hopper, con aquel letrero luminoso de ciudad, pero sin la soledad de sus pinturas. También la luz del sol entraba en aquella habitación, que un tío mío definió como “la libertad” porque en ella desembocabas tras subir la escalera de caracol y aparecía toda grande y blanca con sus hiedras en las ventanas y la ciudad al fondo. También, escribía, la luz del sol entraba en aquella habitación igual que en el último cuadro que pintó Edward Hopper titulado: “Sol en una habitación vacía”, 1963.

Abajo, la casa era aún más bonita. A pesar de su pequeñez, nunca lo llamamos apartamento, ni ático, aunque ático fuera lo que ponía en el telefonillo. Del portal, necesitaría otro artículo para describirlo. De puertas verde oscuro como un estanque, me encantaba incluso el sótano con sus patios y techos en bóveda de ladrillos, donde, entre mil cachivaches, Carmen, la que fuera su portera, siempre encantadora y amable, que vivía abajo, me permitió dejar la bicicleta con la que me acostumbré a ir a todas partes, hasta que un verano la subí y ya no volvió a bajar por la escalera.

También me quedaba maravillada cada día que subía o bajaba por ella. Cómo se hacían antes las cosas. Cómo podía ser que alguien hubiera perdido, y ganado para siempre, tanto tiempo en esta escalera, por donde subías oliendo la resina de la madera, de un color melar, dulce, cálido, que parecían querer tus pasos. Una escalera ancha con un artesonado que era una obra de arte, pintado como los portalones del portal, también de un verde oscuro, y al que yo miraba como un cielo, porque me sentía en el mismo cielo cada vez que subía por esa escalera, ancha, hermosa, perfecta, acariciando la suavidad del pasamanos, mirando lo bonitos que eran los hierros que la sostenían, apreciando cada detalle de las vidrieras de los descansillos que daban a unos patios hermosamente desvencijados porque solo envejece bien lo que alguna vez tuvo belleza.

Amaba esa casa y por amor la dejé, más feliz que en toda mi vida, al nacer en París mi primera nieta. Ahora pienso que la dejé al presentir que estaban a punto de llamarme para decirme que tenía que dejarla; una pena que le he traspasado a mi sobrina María, a quien recomendé con todo mi cariño para que viviera en ella recién casada con su marido Rafa. La verdad, es que, no sé por qué, yo a las casas las llego a querer con el alma. Incluso ahora, que no estoy en mi casa, me siento un poco culpable, como si la estuviera engañando, estando tan cerca. Pero es que hay veces que cuando quieres mucho una casa, necesitas alejarte un poco de ellas, para que no consuman todas tus energías, que necesitas para otras cosas.

En aquella casa de Madrid, desde donde se divisaba toda la calle de Alcalá con su puerta y la hermosa cúpula de la iglesia de San Manuel y San Benito,  y a la derecha todo el arbolado del Retiro, que veía por encima, con sus troncos grisáceos en invierno, descubrí que me gustaba vivir en una casa recoleta, pequeña, donde hubiera muy pocas cosas, y todas muy queridas. Que no nos hacía falta a mi marido y a mí ya casi nada para vivir felices en cualquier parte, mientras nos tuviéramos el uno al otro; y sin televisión y sin sofá, con sólo una mesa para comer y una cocina de dos metros cuadrados, y un gran dormitorio arriba, era suficiente, si lo que nos rodeaba era todo hermoso.

Así quisiera vivir ahora en París, en algún edificio maravilloso donde pudiera encontrar lo que se llama un “pied-à-terre” que tuviera la vista de sus tejados, o al contrario, que diera a un patio adoquinado con macetas, donde ver las estaciones en los rosales de las ventanas.

César González-Ruano escribió un libro que es uno de mis preferidos, titulado “Mis casas (1903-1953)”, donde describe los pisos en los que vivió durante esos años en los cuales un requerimiento necesario, para él imprescindible, era que tuvieran una chimenea, o al menos una estufa. También recuerda que la casa donde fue más feliz fue en una llena de goteras, en la Vía Margutta, 33, desde cuya terraza “la vista de Roma era magnífica” y, el tiempo que allí pasó, “de las temporadas más pobres y más alegres”.

También la casa de Madrid, a la que llamábamos “Miralá” porque la Puerta de Alcalá estaba tan cerca que con dar un salto se diría que aterrizarías sobre ella, había goteras, pero además herrerillos y lavanderas y carboneros, que se posaban en mi terraza, con su balaustrada, de la que siempre pensé que habría sido para el servicio, para tender la ropa, de lo grande que era, pero luego supe, por mi encantador casero, que había pertenecido al administrador del edificio. Desde allí, podía ver no sólo las palomas que se resguardaban en fila bajo los aleros de la Puerta cuando llovía, sino también los vencejos que anidan en las cabezas de los leones de piedra, y las mariposas gamma que alfombraron con los brillos irisados de las escamas de sus alas, conjugado con el alumbrado, toda la Puerta, una noche de verano, en la que cenábamos afuera. Mi parte de terraza no era mucha, pero cuántas personas cabían en ella, y ¡cuántas pasaron por allí!, en una casa que siempre estaba abierta porque esa vista no podías más que compartirla, al no caber en los ojos tanto horizonte sobre una ciudad que desde ahí parecía la más hermosa del mundo.

Cuando me dieron las llaves, sin esperar a que llegaran los muebles, dormí en ella la primera noche. Me había traído en una maleta una alfombra de Aubusson, una almohada y una manta, y sobre la alfombra que parecía haber sido bordada, punto a punto, para esa habitación, dormí la primera noche que pasé en la plaza de la Independencia nº 10, Ático. Mi padre se ponía malo, al pensar que iba a dormir sola en la casa, en el suelo, y se inventó de todo para que no lo hiciera y fuera a dormir con ellos. Pero no pudo con mi deseo de saber cómo era aquello de noche, y cómo se dormiría sobre la alfombra entre el olor a madera de pino tea centenario, un olor que no desapareció nunca. La gente, al entrar, me preguntaba por la marca del ambientador. Y eran los siglos de la madera lo que olían.

Mirando aquellas vistas nocturnas, que me recordaron a un cuadro que tenía en su casa mi abuela Paz, de una señora en primer plano, maravillosamente vestida al estilo de finales del XIX, con su cintura de avispa y su sombrero y al fondo una calle muy ancha de Paris en la noche, con sus lucecitas, así de encantadora me pareció la vista nocturna, con el parque oscuro al fondo, y abajo, en la acera que hacía curva por la izquierda (estábamos en plena crisis) cuatro lucecitas de un bar donde siempre había gente.

Desde allí, descubrí tantas cosas que ahora me parece demasiado para describirlo. Pero vi pasar las grullas hacia el sur, y los gansos hacia el norte, y vi pasar las ovejas en la trashumancia, y las motos Harley-Davidson en su concentración, y todas las carreras y maratones, y las grandes manifestaciones, y también vi pasar el silencio de los domingos, cuando no había nada, y la gran ciudad se volvía un pueblo, donde las voces de los niños volaban como cometas.

Aquella noche me asomé y me acordé de mi abuelo. Que no pudo llevar a mi madre al baile en el tenis de Oviedo. Pensé que, de todas las casas de Madrid, cómo era posible que hubiera venido a dar a la que pertenecía a los descendientes del que conducía el coche con el que se salieron de la carretera, un día de invierno. Nevaba. Cayó sobre la blancura de un prado. Sólo eso me consuela. Que fuera entre la belleza de un día de nieve donde se le fue la vida, como la cometa que a un niño se le escapó de la mano.

Una cometa blanca, como esta mesa sobre la que escribo, blanca como la nieve, o como la mente en un día de fiebre.