Vendaval

Ahora que ya no hay hojas para llevarse, sopla el viento.

Era tal el vendaval ayer que no se podía salir afuera, aunque hiciera sol, porque el viento lo llenaba todo, zarandeando las ramas del castaño hasta sacar crujidos de barco al mismo tronco que parecía quejarse como si le estuvieran tirando de la cabellera deshojada de su copa.

A sus pies, las castañas germinadas que echaban ya su primera raíz, la radícula, que surge del ápice de la castaña para amarrarse, gracias a la gravedad, hacia el centro de la Tierra. Precisamente cuando intentan germinar semillas en el espacio, uno de los problemas que se encuentran es la falta de gravedad porque esta fuerza, sin la que probablemente no habría vida, o la vida tal y como la conocemos, es tan importante como el agua para que surja y este gesto inocente de la primera raíz de amarrarse a la tierra me pareció, al observarlo, aún más necesario dado el viento que hacía.

Hay dos cosas que a mi me paralizan para salir al jardín: una el frío intenso, y otra el viento. Prefiero un millón de veces la lluvia. Es más: me gusta. Me encanta que llueva, si no es mucho, mientras trabajo afuera para luego regresar y darme un baño y quedarme como nueva. Pero el viento, es un temor constante porque nunca sabes por dónde va a venir con uno de sus manotazos, de manera que con el viento no hay nada qué hacer más que quedarse en casa y mirar por la ventana los manzanos que aún no has podido plantar por culpa que este meteoro que vemos en las cosas que mueve.

También al mar, solemos verlo más, o al menos somos más conscientes de su fuerza, cuando destroza el paseo marítimo para adueñarse de lo que suele llamarse “terreno ganado al mar” y que está ya perdido desde el día antes de hacerlo porque la arena, también es suya.

Y aún así, qué empeño tan tonto el nuestro, de volver a reconstruirlo para que se lo vuelva a llevar el próximo temporal de viento y oleaje, haciendo ondas que suenan igual, el viento y el agua, cuando rugen, para darnos un miedo que viene de muy atrás.

Incluso en casa, viendo el brillo de las gotas que, en vez de caer, se pegan contra el cristal por la fuerza del viento, la noche me parece aún más oscura, y los árboles más solitarios, a merced de ese oleaje del aire que olvidaremos en cuanto pase, al descubrir que, entre las ramas caídas, están a punto de florecer las prímulas silvestres.