La caña dulce

Dado que la obra de Antonio Machado ha pasado a dominio público desde el 1 de enero de este, aún flamante, año 2020, me gustaría reproducir íntegramente el episodio que, según el autor, resultó clave en su vida, y al que se refirió también Juan de Mairena como “el acontecimiento más importante de mi historia”.

Lo precioso de este asunto de tanta gravedad es, a mi parecer, que tenga que ver con una caña dulce, tal y como el propio autor tituló este decisivo relato:

MI CAÑA DULCE

No recuerdo bien en qué época del año se acostumbra en Sevilla a comprar a los niños cañas de azúcar, cañas dulces, que dicen mis paisanos. Mas sí recuerdo que, siendo yo niño, a mis seis o siete años, estábame una mañana de sol sentado, en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de la Magdalena, y que tenía una caña dulce en la mano. No lejos de nosotros, pasaba otro niño con su madre. Llevaba también una caña de azúcar. Yo pensaba: la mía es mucho mayor. Recuerdo bien cuán seguro estaba yo de esto. Sin embargo, pregunté a mi abuela: ¿no es verdad que mi caña es mayor que la de ese niño? Yo no dudaba de una contestación afirmativa. Pero mi abuela no tardó en responder, con un acento de verdad y de cariño, que no olvidaré nunca: al contrario, hijo mío, la de ese niño es mucho mayor que la tuya. Parece imposible que este trivial suceso haya tenido tanta influencia en mi vida. Todo lo que soy – bueno o malo – cuanto hay en mí de reflexión y de fracaso, lo debo al recuerdo de mi caña dulce.

Escrita esta nota pregunto a mi madre por la época del año en que los niños de Sevilla chupan la caña de azúcar. Es en Pascua – me dijo -, en la época de las batatas y los peros. También caigo ahora en que las cañas de azúcar deben venderse y chuparse en muchas localidades de España. Pero la Sevilla de mis recuerdos estaba fuera del mapa y del calendario.

Madrid, 12 de junio de 1914

“Los Complementarios”

Llegué yo hasta este maravilloso texto que tiene una segunda versión en Juan de Mareina por un, a mi modo de ver, error, del poeta Leopoldo de Luis al rememorar en “Antonio Machado: ejemplo y lección” de 1988, este sucedido: “Cuenta que una mañana de sol estaba en la plaza de la Magdalena, de Sevilla, chupando un trozo de caña dulce, cuando pasó otro niño que también llevaba palodú.”

El palodú, que es la raíz del regaliz, nada tiene que ver con el cañaduz o caña dulce que es la caña de azúcar (Saccharum officinarum) y, sin embargo sí con la planta del regaliz (Glycyrrhiza glabra) cuyas raíces son dulces y de un aspecto como de palo, no de caña, que se llaman desde palodú, a palolú, paloluz, palodul, palo dulce, orozuz, melosa, regalicia, alcazuz, paloduz… entre otras denominaciones, como si los niños nombraran más que los mayores las cosas que les gustan.

Lo cual nos da la importancia de los nombres que parece que no la tienen; y ahora que Antonio Machado es un poco más de todos, habrá que respetar todavía más su obra, y sus recuerdos de infancia, que marcaron el resto de su vida, como la cañaduz o caña dulce, que no era un palo de regaliz, sino una caña de azúcar.

El error es un pájaro que vuela por el tiempo.

De vez en cuando, se posa, y nos permite corregir el vuelo.