Soleada Navidad

Me dirijo a la leñera con el sol marchándose por el monte de enfrente.

Sube la luz de atardecer, muy clara y muy roja, por los bosques que ven de lejos mi casa mientras yo diviso la luz por sus copas, subiendo como una marea, incendiando sólo de luces sus ramas, para luego desaparecer como una ola hasta cubrir todo el valle el agua oscura de la noche.

Hay un silencio solo roto por el pasar de un tren. Siempre hay algo que pasa en esta casa, donde cuando llegamos, no se oía nada, más que este mismo tren, que seguramente es otro, y el aserradero con el viento del sur, y casi el rumor del mar con el del norte, ese viento que trae a las gaviotas tierra adentro.

Pero hoy no hace viento. Hace días que ni sopla tras haberlo hecho como nunca semanas atrás, porque yo recuerdo uno a uno los temporales que viví en esta casa, los eucaliptos que parecía que quisieran despegar hacia la luna, las tejas saltando del tejado, pero nada como el viento de este invierno que no te dejaba siquiera caminar mientras daba la vuelta a los paraguas.

Ahora, como si el propio aire se hubiera cansado, hay una calma luminosa e inusitada que casi parece envuelta en magia, como un regalo, porque es un regalo esta luz y este sol y estos campos verdes de los que emergen diminutas arañas amarradas a su hilo para despegar con las corrientes térmicas que el calor arranca a la tierra.

No recuerdo una Navidad como esta, tan de luz rojiza al atardecer, todo tan quieto, como para ser pintado, la luz del limonero en A Patoca, las diminutas flores blancas estrelladas del pasto, las mimbreras doradas de los acirates, el peral dormido con sus ramas al sol, el mandilón secándose entre los manzanos, que intento describir para no olvidarla, esta Navidad tan feliz, guardando el sol entre las palabras.

Enciendo el fuego y es rojo como la alegría de esta casa con una niña de ojos verdiazules en mis brazos, mientras terminamos de escribir estas palabras.

Feliz año 2020.