Langostinos

Tengo en la nevera, descongelando, unos langostinos; bueno, pone que son gambones, pero para mí siempre serán langostinos.

Me dijeron que eran buenísimos, que venían del mismísimo Palos de la Frontera, en Huelva, así que ayer me fui al supermercado y los compré y en esa esperanza luminosa que es la nevera los tengo, ordenados como las teclas de un piano, descongelando al frío de la parte más alta, que era el único lugar donde quedaba algo de espacio tras la compra de Navidad.

Con la nevera, hay dos problemas: uno cuando está vacía, y otro cuando está demasiado llena y no encuentras nada, pero ¡bueno!, ahí están los langostinos, esperando a que los ponga a hervir, como hacía mi padre, con agua, sal y laurel, teniendo preparado un gran bol con agua y hielo para remojarlos de nuevo en frío de inmediato, siguiendo las recomendaciones de mi tía Piluca.

Recuerdo aquel jaleo en la cocina, la que organizaba mi padre con unos sencillos langostinos, el vaho por los baldosines, los paños que disponía por las encimeras, la espumadera con la que los sacaba del agua hirviendo para luego sumergirlos en el agua helada y, finalmente, ponerlos a secar, para luego colocarlos de manera muy artística sobre las fuentes de Limoges de mi madre, heredadas de su abuela.

Alguna asa rota, o esquina mellada, son culpa de estos langostinos que cocía mi padre quien, con cualquier descuido, al no estar habituado a manejar las fuentes, las hacía chocar siempre contra algo dejando la huella indeleble de su paso por la cocina.

Si algún día heredo algo de esta porcelana, preferiré la defectuosa.

Luego venía la consabida frase ya en la mesa que se repetía uno y otro año, y que se lo decía mi padre a sí mismo: “¡Están más buenos que nunca!”. Y todos asentíamos.

Aquel aforismo de Audubon: “El verdadero conservacionista es el que sabe que el mundo no es una herencia de sus padres sino un préstamo de sus hijos” pienso ahora que expresaba una profecía que se ha cumplido con los langostinos.

En aquellos años en los que yo vivía aún con mis padres, no se pensaba en la ecología ni en nada parecido. Se vivía, más bien se sobrevivía, y ya estaba.

Pero ahora los langostinos se han vuelto rojos como una señal de alerta, de prohibido, en principio con las cabezas, que dicen que no hay que chupar porque contienen cadmio, un metal pesado que nos pesa ya en el alma, por haber llegado también a nuestros recuerdos de la infancia.

Y aún así, escribo cuando todavía no ha amanecido, que es cuando más me gusta escribir, y hay un enramado de robles y castaños enfrente que me deja la mirada también enredada, como la luz en ellos, al ser tan blancos y tan dorados. Aún es de noche y son lo que más se ve, las ramas blancas, sobre la bruma del valle con el sueño de sus chimeneas mientras el campo todavía duerme.

Yo también voy a encenderla, aunque no hace ningún frío, pero me parece que no es Navidad sin ella.

Y voy a acabar de planchar y a poner una cacerola de agua hirviendo para cocer los langostinos aunque solo sea para acordarme de mi padre entre el vaho de la cocina.

Feliz Navidad.