Brumal

Con el frío y la lluvia sobre los cristales, escribo del invierno que, dulcemente, se adentra, para llegar de madrugada el próximo domingo 22 de diciembre.

Las luces de Navidad nos ayudan a olvidar que estamos en los días más cortos del año y en los más brumales, al ser el hielo, a decir de los agricultores, la bruma, que también da nombre al mes de diciembre.

Ojalá hiele estos días, como suele hacerlo por estas fechas, y sobre todo en Reyes cuando cae lo que llaman la rosada, o la pelona, y de ahí tal vez la expresión “hace un frío que pela”, porque le llaman pelona, incluso pelúa, a la hierba petrificada por la helada cuando, al amanecer y en la umbría, también con el día ya bien entrado, la más oscura de las sombras posee la blancura del hielo.

Ojalá nieve como solía hacerlo cuando mis hijos tiraban monedas a la fuente de la Diana Cazadora en Betanzos, pidiendo como único deseo, la nieve sobre los campos, para salir sin quitarse el pijama, echándose todo por encima, antes de que la nieve pudiera derretirse.

Esa sensación de quedarnos aislados por la nieve es la más cálida que he vivido en toda mi vida. No había nada. No podías salir siquiera de allí y sólo con la ayuda de un tractor era posible desplazarse, o encargar algo. La blancura del frío tras las ventanas, y sobre todo, el silencio, y el sonido de mis propios pasos en la nieve mientras buscaba huellas de animales, o la impresión de las alas de los pájaros al despegar con las plumas abiertas como los dedos de una mano, son de las cosas más maravillosas que recuerdo.

Los sonidos se oían y resonaban como si el aire tuviera paredes de hielo, y luego mirabas hacia atrás y aparecía la casa toda blanca, y al fondo un pueblecito que era el de un belén, de pronto renovado por la nieve, como si lo acabaran de poner allí. Hasta la oscuridad de las ramas del cerezo, ennegrecidas por la lluvia y el frío, aparecían con un lomo blanco que dulcificaba toda la crudeza del invierno en el campo. Incluso los maizales ya sin vida, pálidos como un trigal agostado, parecían nuevos, con los gorriones posados buscando el abrigo de sus hojas entre la nieve.

No sé yo cuántos años han pasado desde que nevó la última vez, cuánto tiempo desde que las avefrías maullaban de noche, recién llegadas tras una fuga de tempero.

Lo único que pido es que no falle esta Navidad la luz.

Y que nieve este invierno.