Una orca

Estaba dormida al borde de una playa.

Era de noche, bueno se había hecho de noche mientras dormía arrullada por el sonido de las olas como si me balancearan igual que si estuviera en una cuna.

A la orilla del mar, el sueño era dulce, como suele ser, cuando de pronto escuché la zambullida de una orca casi en la orilla. Al despertarme, todo era oscuro y casi a tientas entre la arena, busqué la cámara para fotografiarla de manera que no se perdiera la escena, ese momento en el que la noche y la luna y la piel de la orca, sobre la oscuridad brillante del mar, eran iguales.

¡Una orca!

Me habían contando que hubo un tiempo en el que colaboraban con los neandertales para la pesca de los atunes en nuestras costas. Las orcas empujaban a los atunes hacia la orilla y los neandertales los pescaban, en una colaboración desde tierra y mar que imagino que estaría rematado por el cielo, con las pardelas señalando a las orcas dónde estaba la pesca, al olerla en el aire con las narinas de su pico que también les sirven para desalar el agua que beben.

Pero yo no veía más que la claridad del vientre de una orca, blanco como la luna. Y pensaba en lo contentos que se iban a poner mis hijos, al saber que había orcas por estas costas.

Luego me desperté.

Lo había soñado tras haber desayunado y comprobar que amanecía, en estos días más cortos del año. Con la luz de la luna entre las nubes, se veía la enramada de bosques que planté con mis propias manos, y que ahora alcanzan el cielo, deshojados. Tras el café me volví a dormir y soñé que estaba en una playa y que veía una orca y que buscaba la cámara entre la arena y que no se veía nada más que la claridad del vientre de la orca y de la luna, uno de esos sueños que vives en cinco minutos con total claridad.

Todavía ahora, sigo dormida.

Miro por la ventana y el cielo esta gris y lleno de ramas que no se han marchado.

A veces pienso que escribo para que las cosas no se vayan.

Escribo antes de que la Naturaleza sea toda un sueño.