La solución está en la Naturaleza

Sólo aquello que no alcanzamos conserva intacta su belleza.

Hay algo en nosotros que contamina lo que tocamos, en el sentido que daba Margalef a este término y que solía sustituir por el más correcto de polución, ya que se denomina así a lo que está fuera de sitio.

Más que contaminadores, somos desordenadores.

El carbón que estaba bajo la tierra, lo hemos llevado al aire; el petróleo también a los océanos.

Todo en nosotros, desde la ropa que vestimos, a lo que comemos, es fruto de un desorden. Hemos desordenado también las especies, transportándolas en nuestros viajes de uno a otro lado del mundo, haciendo que saltaran, de manera artificial, sus barreras biogeográficas, hasta no dejar nada en su sitio.

El resultado es que casi todo lo que vemos, está desordenado, humanizado.

También el clima.

El clima no es el tiempo de tres grados centígrados que tenemos esta mañana en Madrid, donde se celebra la Cumbre. Ni el clima son las borrascas del Mediterráneo. Ni el clima es el calor de un verano, ya que tienen que pasar al menos 30 años de mediciones atmosféricas para hablar de clima en un lugar determinado.

El clima ha cambiado mucho sin nosotros.

Si nuestra cualidad principal es que somos una especie desordenada, y ahora desordenada a velocidad de centrifugado en nuestro caos vital; la cualidad de la Tierra es el cambio, la variedad, sobre la que se sustenta la Naturaleza que vive por turnos de especies adaptadas a cada nicho, a cada modificación y condición de la Tierra, a cada tiempo.

Para darnos una idea de las especies que han pasado por aquí, no hay más que hacernos la pregunta que Lewontin decía que todo biólogo debería hacerse: ¿Por qué el 99,999 por ciento de las especies que han vivido alguna vez sobre la Tierra se han extinguido ya?

Lo cual nos llevaría a la pregunta crucial: ¿Cuándo nos extinguiremos nosotros?

Pensar que no lo haremos sería igual que creer que no moriremos.

En algo sí vamos a ser originales con respecto a las especies que han pasado a lo largo de millones de años sobre la Tierra, incluso comparándonos con las especies que nos son contemporáneas y que sustentan nuestra existencia y con las que, ligadas por el tiempo, tenemos un destino común. Y ese algo es que podríamos convertirnos en la primera especie que ha acabado consigo misma y con las condiciones necesarias para su existencia.

A sabiendas.

Eso es lo que nos distingue del resto de los animales con los que compartimos, en algunos casos, el 99 por ciento de los genes.

Que sabemos.

Y sabemos, más allá del instinto, más allá de la experiencia heredada, porque escribimos.

Todos los animales tienen un lenguaje, pero ninguno escribe.

No hay, y probablemente no ha habido jamás, otro animal sobre la Tierra que haya conseguido almacenar la información fuera de su propio ser. Sólo nosotros, al inscribir sobre la arcilla grabados con un punzón los primeros signos silábicos, lo conseguimos.

¿No es asombroso que sea también sobre la arcilla donde hay quien sostiene que comenzó la vida? ¿Y que el nombre de Adán signifique arcilla?

Estos días vivimos inmersos en lo que podría denominarse “la soberbia del Titanic” creyéndonos tan indestructibles como para cambiar el rumbo del clima. La tecnología nos ciega. Nos hace sentirnos todopoderosos por poder hablar a todo el mundo. Pero las palabras, las hicimos nosotros, y se las llevará el viento planetario como se lleva el hidrógeno al espacio, o el viento solar el agua.

También el folklore es lamentable, alrededor del Clima, ¡cuántas personas riéndose y haciendo chistes mientras el barco se hunde!, o no se creen que se hunde. Porque se hunde. Nos hundimos. Estamos de contaminación hasta el cuello. Probablemente es ya imposible comer algo, beber, respirar un aire, bañarse en un mar que no esté polucionado.

Esa es la realidad.

Si alguien quiere hacer chistes, al menos que lo haga con humorismo, siguiendo los “ismos” de Ramón Gómez de la Serna:

“La actitud más cierta ante la efimeridad de la vida es el humor”

“El humorismo es lo más limpio de intenciones, de efectismos y de trucos”

“El humorista es un ser enlutado por dentro que hace sufrir la alegría”

Pero nada más triste y lamentable, que ver la Naturaleza borrosa, emborronada, fuera de foco en la Cumbre del Clima.

¡Qué poco se nombra esta palabra en las cumbres!

En una de ellas, se hizo para poner negro sobre blanco algo que ha causado mi mayor asombro, y es que, aún habiéndose demostrado que las soluciones relacionadas con el potencial de la Naturaleza son las más eficaces para salvarnos de esta crisis climática “reciben menos del 3 por ciento de la financiación para el apartado climático”.

¿Dónde está el resto?

La más avanzada de las tecnologías se convierte en un parche comparado con lo que se podría lograr cambiando tan sólo nuestra manera de cultivar el suelo, donde, por cierto, también hay atmósfera, cuyos gases se intercambian con la atmósfera del cielo.

Hay que volver a la Naturaleza. Comprenderla, conocerla, investigar su comportamiento, aprender de ella e implementar soluciones en armonía con las especies que la constituyen, y entre ellas, nosotros, en este tiempo que habitamos sobre la Tierra.

Dicen que, acompañados, se llega más lejos.

Miremos a nuestros acompañantes, estudiemos las especies, ahondemos en la investigación biológica y en todo aquello que parece que no sirve para nada.

Lo escribió el gran ecólogo que fue Ramón Margalef:

“Es vana la pretensión de encerrar toda la Naturaleza en los sistemas de ecuaciones diferenciales tan caras a los ecólogos y, a fin de cuentas, puede ser más efectivo sentarse a ver discurrir las aguas de un río y a escuchar el susurro de las hojas de los árboles”

Observar con profundidad la Naturaleza, para comprender y entender cómo podemos sobrevivir más allá de lo que nos toque sobre este planeta.

Las primeras que cambiaron la atmósfera de la Tierra fueron las bacterias.

Puede que haya que regresar a ellas para salvarla.

Hay que volver a la Naturaleza de la que nos alejamos escribiendo.

La tecnología está muy bien, pero la Naturaleza tiene una sabiduría acumulada muy superior. Esto no se va a resolver con fuegos artificiales, sino con investigación. Las predicciones a futuro, nos la dará antes una especie que un modelo estadístico. La irrupción de las mariposas gamma o que el águila calzada se sedentarice, son indicios claros de una avanzadilla.

No es que el mosquito tigre u otras especies estén aquí porque el clima ha cambiado, sino que ellas están anticipando el clima, ya que han venido anunciando lo que vendrá, por su sentido de anticipación, cuya experiencia se remonta millones de años, muy por encima de nuestras estimaciones por dendrología en las vigas de una iglesia, o paleoclimatología en una burbuja de aire en el hielo.

Miremos la Naturaleza que nos rodea, y encontraremos las soluciones más eficaces.

Puede que estemos, gracias a la gravedad, pegados a la solución, como la atmósfera a la Tierra.

Lo escribió Thoreau en Walden (1854):

“El cielo no sólo está sobre nuestras cabezas sino también bajo nuestros pies”

Hay que ir por ahí, por el cielo y por la tierra.

Y por la Naturaleza.

Hay que hacerlo por todos nosotros, y por los que vengan detrás.