La bola de cristal

Estoy esperando a que den las seis.

Mientras tanto, hay una luz maravillosa que ha venido a enredarse en los palos de los veleros.

Se ven muy blancos y muy rojos, sobre el azul del agua del muelle, los barcos pesqueros que acaban de amarrarse tras dejar el pescado en la lonja. A veces, son las cinco de la madrugada, y resulta que están los marineros a bordo, desenredando los aparejos y las redes, alumbrados por un foco tan potente que vislumbras toda la escena, rodeada de noche, con total claridad, como si estuvieran en un teatro.

Desconozco sus horarios, que me recuerdan o los de las mareas, a las que veo entrar y salir con su aguaje, pero que soy incapaz de anticipar, al no estar al tanto muy bien todavía de sus movimientos.

Con los pájaros es distinto.

Creo que ya empiezo a conocer los que en esta marina me rodean, ya sean las gaviotas, cuyas voces lloronas me alegran el alma, al corroborar la cercanía del mar, y también los pardales que se bañan al sol, brillando de gotas, en los charcos que deja la lluvia entre las piedras del puerto.

Duermen estos gorriones en la palmera que tengo enfrente y a estas horas del atardecer ya han llegado los primeros, por lo cual se oye una algarabía tremenda. Se diría que se cuentan unos a otros más lo que hacen durante el día que lo que sueñan, porque cantan más las aves en sus dormideros a estas horas que preceden a la noche, que cuando sale el sol por la mañana.

Al haber vivido en la aldea, me pregunto si alguno de estos pájaros pasó por mi casa y echó un vistazo desde el aire. Los estorninos, no sería raro, porque buscan el calor de las vacas para luego concentrarse, antes de regresar a dormir a la ciudad, en lo alto de los robles más altos, como las últimas hojas en caer, que suelen ser las que están más lejos de la tierra.

Parecen los estorninos pintos muy negros porque casi siempre los vemos al contraluz. Pero, si en alguna ocasión tienen el sol de cara, nos dejan sin respiración por su hermosísimo plumaje en verdes y prunos irisados moteados de pintas blancas que le otorgan la luz de las gotas de agua de los pardales bañándose al sol en el charco.

Ahora estoy esperando a que vuelvan a posarse en la torre del edificio de Correos. Me pregunto si allí lo saben, que, a las seis de la tarde, antes de que suene el reloj, se posan los estorninos en lo alto de la torre, cubriendo de plumas los cables de sus antenas.

Se les ve venir por encima de la estación de tren del puerto, San Diego, trazando nubes que cambian de forma, lo cual les da a estas bandadas un aire artístico que hipnotiza.

Las cinco y media y sólo las gaviotas vuelan de momento sobre el celaje, mientras el sol se vuelve aún más de otoño, más de ocaso, más de oro sobre el agua del muelle que parece a punto de desbordarse como si fuera a llevarse los barcos a navegar por las calles. Creo que algún día lo hará, porque todo terreno ganado al mar, siempre acaba por perderse.

Hace unos días la mar estuvo tan arbolada que había olas, altas como los árboles, que rizaban el agua hasta en el puerto. Cuando observo este océano Atlántico desde el espigón, no puedo dejar de acordarme de Greta Thunberg y su, yo diría que heroica derrota. Ojalá llegue a la Cumbre del Clima a tiempo, aunque no lo veo probable porque no hay más que mirar cómo está la mar para darse cuenta de que no lo tendrá fácil.

Hace unos días encalló un gran quimiquero en una de las rías más hermosas gallegas. Pertenece a una Reserva de la Biosfera pero fondean los mercantes a sus anchas sin ningún problema. Hay días en verano que llamo al Seprona porque, curiosamente, el fondeo de estos barcos coincide con unas mareas sospechosas, que son las peores. Sólo se habla de vertido si es negro. Y si se ha producido ya. Pero hemos navegado peligrosamente con este barco que ha encallado, y nadie parece querer preguntarse qué hubiera sucedido de ir cargado de productos químicos.

La contaminación más preocupante es la que no vemos.

Y la que no es noticia.

Esa que pasa cada día, un lavado de sentinas allí y otro allá, directo al agua, en la más hermosa de las rías, y a no ser que encalle, nadie dirá nada.

Hay a quien le parece mal que Greta Thunberg tenga un gesto tan adusto.

Pero es que no es para menos, tal y como están las cosas.

Me quedo con esa risa de las gaviotas lloronas, y con esta luz, tan limpia, que viene del Universo.

Es lo único que entra y sale de la Tierra sin contaminar.

La luz.

Lo demás vuela por esta bola de cristal sin poder, ni lo bueno ni lo malo, escaparse.

Son casi las seis y ya está la antena del reloj cubierta de estorninos que se echarán a volar, puntualmente, en cuanto suenen las campanas.

Aunque no puedan salir de este mundo.