La nieve rosa

Puede que el rosa sea el color que más me intrigue de la Naturaleza.

Hay algo en esta tonalidad que me llama la atención como si de alguna manera intuyera que, más allá del azul de nuestro planeta, antes hubo un rosa, o mucho más rosa que ahora.

Recuerdo un lago al que fuimos en Senegal que se llamaba precisamente así: el lago rosa, y que es de las cosas más bonitas que he contemplado, porque todo era blanco de salinas y era rosa de un agua que, a fuerza de evaporarse, había generado la proliferación de un alga que daba esa tonalidad asombrosa al agua.

Los flamencos, cuyas plumas adquieren unos colores rosados que parecen de otro mundo, sumergen sus patas en estas aguas, de tal manera que podría pensarse que hacen de papel secante porque mientras el agua se evapora, ellos se van volviendo más rosados al ingerir con su pico, que se mueve haciendo círculos por el limo, unos microcrustáceos que viven en estas aguas y que colorean sus plumas de rosa como lo haría una niña con unos lápices.

Pero nunca había oído hablar de “la nieve sandía”, tal y como aparece denominada en el libro que acabo de recibir y que me parece ahora el mejor de los regalos porque creo que acudiré a él una vez y otra, ya para consultar algo, ya para contrastarlo, o sencillamente para pasear por sus páginas y encontrarme cosas tan curiosas como esta nieve rosa.

Se titula: “Conocer la Meteorología. Diccionario ilustrado del tiempo y el clima”, editado por Alianza editorial, cuyo autor es José Miguel Viñas al que, desde hoy, por la amabilidad que ha tenido conmigo, considero mi amigo.

En esta magnífica obra es donde he podido leer que la microscópica alga responsable de la coloración rosada de la nieve en la alta montaña se llama Chlamydomonas nivalis, y que su llamativo colorido se observa sobre todo donde hay neveros, porque allí la nieve está más prensada, o en las huellas de las pisadas que dejan los montañeros, y que se vuelven rosas cuando ya se han ido y queda la montaña en soledad con su hermoso colorido rosado sobre el ampo de la nieve.

Es curioso, porque hace muchos años alguien me habló de la escarcha como “rosada” y, claro, me he ido hasta la “r” para ver qué dice Viñas y, no falla, es el nombre que recibe no sólo el rocío en algunas regiones, sino también la escarcha, lo cual me hace pensar que alguien tal vez vio que se volvía rosa, ¡quién sabe!, cuando persistía y se endurecía, y de ahí nació este nombre que nunca he conseguido explicarme hasta ahora: rosada.

Me parece que este libro me va a entretener mucho.

Puede que incluso le lleguen a salir, por el borde de sus hojas, esas manchas rosadas que tienen los libros cuando, como el vino, envejecen bien.