Ponte da Lima

Lo más bonito de una ciudad son las personas.

Eso pensaba al ver Ponte da Lima, en Portugal, este fin de semana.

Qué difícil es escribir con poco tiempo y sin embargo, puede que cuente así mejor las cosas, lo bien que lo pasamos sin hacer nada bajo la lluvia, caminando entre las hojas por el túnel de ramas de los plátanos de sombra centenarios, mirando los Cercis cuyos troncos daban vueltas como una bailarina hasta retorcerse para siempre su madera mientras en la parte de su copa que se bifurcaba, en lo que se llama la gallada, había nacido, seguramente llevada la simiente por algún pájaro que fue allí a posarse, unas ramas de Pyracantha con sus frutos anaranjados.

Todo estaba quieto y a la vez se movía con nosotros, como la oscuridad del río, cuyo puente empezaba a iluminarse con las luces de Navidad. Pero no había nadie, o casi nadie, y cuando entramos en un café para aliviar un poco al cuerpo de la humedad que había empezado a calarnos los huesos, y quizás también un poco el alma, dejándonos tristes en la alegría de estar juntos, empecé a fijarme en las personas, lo parecidas que eran todas, vestidas con los mismo colores que su preciosa ciudad, a la que aman tanto que nada quieren que cambie de ella, y las tiendas son las de siempre, y si dejan de ser lo que eran, y se convierten en hotel, como el precioso hotel “Mercearia da Vila”, allí sigue el libro de cuentas abierto y la báscula y todas aquellas cosas sobre las que el tiempo ha ido a posarse y no quieren ni tocarlo para que no se les vaya esta pátina que es oro puro y que nosotros, a fuerza de manotazos, hemos quitado de nuestras tiendas y calles hasta convertirlas en algo de una homogeneidad que atenaza la mirada hasta privarla de lo más sagrado que tenía y que eran estas cosas que nos rodeaban y que parecen haberse evaporado, dejándonos más solos en las ciudades que nunca.

 

Al día siguiente, como si hubieran ido bajando de todas las casas y de los pueblos adyacentes, salieron las personas a extender por el paseo su mercancía de “vellerías” con toda esa magia que tienen las cosas usadas. Pero también había puestos de plantas y de verduras y de castañas asadas que esparcían su olor mezclado con la humedad del río y con la lluvia y con el oleaje de paraguas que se perdía bajo el dosel de las últimas hojas de los plátanos de paseo.

Qué malo es no disponer de tiempo para escribir.

También las palabras deberían caer como las hojas, dando vueltas, hasta posarse sobre el papel sin hacer ruido.

Ponte da Lima, merecería más tiempo y más calma, y hasta un poema de Teófilo Carneiro como el que leí en una pared de baldosín azul claro donde me pareció que les pedía a los pintores que no se molestaran en pintar la belleza de este lugar, porque no podrían…

Pintores de Portugal, ajoelhai!
Isto é um milagre, não é cor nem tinta!…
Mas não pinteis, pintores! Orai, rezai!
Uma beleza destas não se pinta!…

 

Tampoco yo puedo escribirla como merece.

Me harían falta siglos de calma y sabiduría.