Un tejón en el jardín

La poda es una doma.

Eso pensé hace un momento mientras miraba los cortes biselados y verdes que le di este puente a las hortensias que crecen bajo las ventanas.

Podría llamar a alguien para que me ayudara, pero al final he colegido que será mejor que lo haga yo sola porque tengo la impresión de que las plantas florecen más si las cuido yo. Y no porque sea buena jardinera, ni mucho menos, sino porque yo diría que la planta obedece, como un animal, a quien la cuida, igual que un guiso al amor que se le pone.

Pilar me regaló el sábado dos coliflores diminutas que parecían dos bebés con sus capotas de hojas verdes. Creo que si fueran niñas, no me las habría traído con más cuidado entre las manos. De haber sabido pintar, les hubiera hecho un cuadro, de lo bonitas y limpias que eran, tan blancas y verdes estas diminutas coliflores que, hervidas con patatas y un poco de sal y aceite de oliva, nos supieron a gloria.

También las manos de Pilar, cultivando su verdura, lo cambian todo. Hay algo del esfuerzo humano que se queda, para bien, en la tierra. Y puede que haya que regresar un día sobre nuestros pasos para volver a ese momento en el que la tierra y sus elementos estábamos unidos, antes de estropearla, para alimentarnos de nuevo de esa manera.

No.

El jardín debo cuidarlo yo porque, si no fuera así, ya no sería mío.

Debo ser yo quien siembre de hierba las hozaduras que dejo el jabalí y también, según me hicieron ver Pilar y Antonio, el tejón, porque ha quedado la tierra más levantada y con forma de tirabuzón, por las vueltas que da mientras escarba.

A pesar del destrozo, me hizo ilusión que un tejón, o varios, hayan entrado en casa porque nunca los he visto.

Dicen que el tejón es uno de los pocos carnívoros que podríamos alcanzar, ya que corre menos que nosotros y, aunque emprenda el galope, le pesa mucho el cuerpo.

Producen con sus dientes un castañeteo y, con su respirar, el ruido de un pote de agua hirviendo; cosas que escuchan mis plantas y que aunque no me cuenten, yo sé que ellas, en total silencio, se enteran de todo lo que sucede en mi jardín de noche.

O eso me parece, que me hablan, incluso me quieren más, si las cuido.