Árboles

A los árboles, como a las personas, los conoces al vivir con ellos.

 

Pensaba en esto mientras rastrillaba los erizos de castaño este fin de semana.

 

La verdad es que casi de la noche a la mañana, me he convertido en una venidera, o en un venidero, que es como llamaban en Sada a los que veranean en Galicia, porque van y vienen.

 

Y yo no paro de ir y volver a mi casa, a la que me suelo encontrar mejor de lo que espero, como a esos hijos que se van y se alejan y les va estupendamente sin ti después de haberlos criado tan cerca. Así es mi casa y mi jardín, que se arreglan perfectamente sin mi; incluso diría que están más bonitos, porque está más salvaje y verdadero todo, más preciosa la parra, llenas de envero sus uvas, que pintan de un malva muy oscuro y a las que me acerco a cada rato, para comerme un racimo lavado por la lluvia como si fuera yo un mirlo de los que, al forrajear, hace un ruido muy personal con sus alas al chocar con los pámpanos, para luego salir volando, feliz, tras haber picoteado la fruta.

 

Estas uvas nuestras, nunca fueron muy buenas, pero son las que más me gustan del mundo, porque se dan en casa con las conversaciones del verano y las risas y la música que sale por la puerta de la cocina mientras desayunamos, comemos o cenamos sobre una gran mesa redonda y blanca como una luna, bajo esa la luz inigualable del verano que tiene la parra, de día filtrando el sol; de noche con los racimos iluminados por las velas y las lámparas encendidas.

 

Ahora la mesa tiene agua y algunas uvas caídas.

 

“No hay casa grande o pequeña: hay casas llenas o vacías” nos comentó Javier que le había dicho un amigo.

 

En todo esto pienso mientras hago un alto bajo la lluvia que, lejos de molestarme, me encanta. No hay cosa que me guste más que trabajar en el jardín de esta manera, podando y a la vez, que llueva, y que pase Julio con el tractor, y me vea, allí, enredada entre la glicinia que corto para que no derribe la valla, o haciendo esquejes de espino albar para construir una barda en la que sólo entren los pájaros, y salga el olor y la blancura de sus flores a alegrar el olfato y la vista del que pase.

 

Es muy importante para mí, que sepan mis vecinos que estoy. No sé por qué, sin ni siquiera alzar la vista, les leo el pensamiento, y sé que les gusta verme allí con el rastrillo y el carretillo y la tijera de podar, como una más, de nuevo. Que no sea yo, que tanto conviví entre ellos, una venidera de las que vienen y van, y a veces no vuelven.

 

Yo sé que todo esto me está esperando porque no hay mejor lugar para la vejez que el campo, donde está la tierra sin ningún prisa con la certeza de que tarde o temprano, volveremos a ella.

 

Mientras tanto, voy conociendo cada día más a los árboles, como al castaño del que me acabo de dar cuenta de que no ha tirado ni una sola hoja porque está esperando a que caiga hasta el último erizo para echarle encima como una manta caliente toda la hojarasca, protegiendo de esta manera sus frutos.

 

El nogal, que en algunos lugares llaman nogala, como si fuera una madre, hace los mismo. Deja caer de sus rueznos, primero verdes y luego tan negros como la tinta de un calamar, las nueces al suelo mientras las hojas aún están en las ramas, para luego soltarlas haciendo estas hojas unos giros que cambian según el viento, con tal gracia que daría yo lo que fuera por una palabra que pudiera definir este vuelo de las hojas en otoño, tan singular para cada árbol pero siempre con un objetivo común: tapar, esconder, guardar el calor de los frutos para que germinen.

 

Escribo con las manos llenas de heridas, al atravesar las púas de los erizos del castaño mis guantes, pero me vengo nueva de haber estado cerca de la tierra.

 

Hay algo que me hace en ella crecer como un árbol.