El museo escondido

Discreto como una letra es este museo escondido.

Había pasado por delante muchas veces, tras dejar atrás los aligustres, ya florecidos, con su olor blanco flotando en el aire; ya con los frutos negros, volando igualmente en el estómago de los pájaros que vienen a alimentarse de ellos. Y en esa inusitada paz que tiene Madrid en algunos rincones, como en éste del barrio de Embajadores bajando por la calle de Concepción Jerónima, pasaba yo por delante de un museo que no sabía que lo era porque pone: Imprenta Municipal, y no creía que se pudiera entrar.

Pero hace unos días, algo me detuvo, y no fue la imponente escultura de bronce a tamaño natural, “El farolero” de Félix Hernando García que hay delante de su puerta, sobre la misma acera; sino el cartel que anunciaba una exposición sobre la tipografía de Zapf, del que no había oído hablar en mi vida, y cuyas letras sin embargo, he leído seguramente sobre miles y miles de textos dispersos. Él y su mujer, calígrafos, idearon tantas tipografías distintas que para enumerarlas ocupan una pared entera, escritas en letra pequeña.

La exposición se titula: “Alfabetos mágicos: Cien años con Hermann & Gudrun Zapf”

Hay tan poca gente que sepa que aquí se puede entrar (con la entrada gratuita) que te vienen a recibir en la puerta como si fueras una autoridad y te indican qué es lo más digno de ver, aunque todo merezca la pena, pues allí están las prensas y para mi asombro, las piedras que servían para las estampaciones de los libros, y los armarios de los hierros, que te emocionan, por la belleza de los adornos que se utilizaban para el arte de diseñar las cubiertas y contracubiertas en piel y en oro de los libros.

Pero sobre todo, las letras, que están por todas partes, incluso esculpidas por las paredes; y arriba, entrando por la gran claraboya industrial, la luz natural que nos vio empezar a escribir y ahí sigue mirándonos asombrada, como asombrados vemos cómo enlaza en los cuadros que dedica Zapf, con aire marinero, todo el alfabeto, de la A, a la Z, trazando curvas con tizas de colores por una pizarra como si dieran vueltas las letras igual que las bailarinas de Degas.

¡Cuánta belleza!

Me fui con el recuerdo de la joya de la exposición, que es un original con las letras capitales Palatino de Zapf, que me invitó a observar uno de los trabajadores de este humilde y gran museo, al que agradezco de corazón que no me dejara ir sin verlo.

Curiosamente, con otra letra, con toda probabilidad copiada de la Palatino, la Book Antiqua de mi ordenador, escribí muchos años y muchas cosas de la Naturaleza.

Puede que no sean las matemáticas, sino las letras, las que contengan las fórmulas esenciales de la vida.

Entre artilugios de madera, piedras pulidas, hierros, tinta, plomo… ¡cuánta vida encierra este museo!

Cuántas posibilidades de unir, con la belleza, las letras, y alcanzar el infinito inalcanzable, sólo escribiendo.

Mientras la imprenta difunde lo escrito como un eco.