Catástrofes

Empiezan a amarillear las primeras hojas de los olmos aunque sea verano.

Hacía tiempo que no veía todo tan seco mientras las tierras del otro lado de la península parecen mares de barro.

Siempre he pensado que las raíces eran manos para agarrar la tierra, y tanto lodo en el agua nos da una idea del arrastre y de la erosión que están sufriendo los suelos al verse expatriados en tan corto espacio de tiempo, del continente al mar, para siempre, por culpa del cielo.

Como la de las vidas humanas, la pérdida del suelo también es irreparable.

Y si miramos al otro lado del océano, podremos divisar el humo que no sabemos de qué nos llena el alma, solo al pensar que la selva amazónica se pueda estar quemando de esa manera tan insensata. Al principio de nuestras palabras, llamábamos selva a los bosques, o montes, como todavía hoy escucho decir en Galicia, al llamar monte al lugar poblado de árboles, en contraposición con las leiras o los campos donde no queda arbolado.

Cuando por aquí, dices que vas a bajar al monte, no es que subas, bajando, una montaña; es que vas al lugar donde aún quedan alisos, avellanos, robles…alrededor del río, de manera que desciendes en vez de subir si vas al monte porque además casi siempre es en las vaguadas inaccesibles, también para los incendios, donde quedan los montes verdaderos, llenos de árboles sagrados porque no fueron plantados por nuestra mano.

Es el problema que tenemos con el lenguaje, porque no sólo perdemos como la tierra las palabras, sino que lo tergiversamos al llamar también bosque a la plantación, al monocultivo, de manera que resulta hoy más necesario que nunca, no ya volver a la selva, ni al monte, sino al luco que designaba la espesura de árboles con su flora y su fauna silvestre.

Esta palabra de luco, aún hoy en el DRAE, es el origen del topónimo de Lugo, y también, he leído que de San Lúcar, ya que había por allí un bosque consagrado al sol: un solluco.

También luca quiere decir todavía hoy dinero en algunos lugares, y el lucar era el precio que se pagaba por acudir a las ceremonias que se celebraban en estos bosques considerados sagrados.

Y lo eran, porque no los habíamos plantado.

No es fácil hacer ver esto: la importancia de preservar no lo que hicimos, sino lo que no hicimos nosotros.

Cómo la propia Naturaleza sembraba sus bosques y sus selvas.

Todo ello, olvidado, perdida la fórmula, ya con el fuego, ya con el agua, llevándose con la lluvia para siempre la tierra, esa hoja en blanco llena de barro y de lágrimas.