El Trece

La playa del Trece, “O Trece”, es la playa que más me ha impresionado en toda mi vida.

No creo que vuelva a estar ante algo parecido a lo que vimos el fin de semana pasado, tras una más que agradable comida en la “Casa do arco”, en Laxe, y un paseo por su playa de arena blanca y fina y delicada como una porcelana.

Después, nos fuimos hasta un lugar que no podía ni imaginar que me fuera a conmover tanto. Hacía un día precioso, la verdad, uno de esos días de septiembre gallego, donde luce un sol que es una verdadera delicia, mientras cae la gota fría por otros lugares de España. No suele hablarse de septiembre en Galicia. Del color gris estaño de las rías, cuando se calman, o del azul profundo del océano y sus olas tan blancas, mientras una luz melar va cayendo sobre las cosas llenándolas de dulzura, dotándolas de un color miel que vuelve todo irreal y a la vez muy verdadero.

Con esta luz llegamos al “Cementerio de los Ingleses”, donde reposan el capitán, los oficiales y marineros del “Serpent” que encalló en los bajos de esta ensenada del Trece la noche del 10 de noviembre de 1890. Sólo sobrevivieron 3 de los 176 tripulantes. Y hubo 31 desaparecidos. De alguna manera, sus almas, y las de todos los que naufragaron en esta costa de la muerte, parecen estar ahí, entre la luz, las olas, y los brezos florecidos por las rocas.

¡Cuántos brezos distintos! Se diría que estuviéramos en Escocia, donde nunca he ido, pero que siempre he imaginado con estos verdes y estos fucsias y estos acantilados, aunque ahora no sé si llegaré a ir porque creo que no puede haber nada más hermoso que esta playa de O Trece, y toda la ensenada, salpicada de piedras rotas en vertical como si cada ola fuera el martillo de un cantero. Por la montaña del monte Branco, sube una duna rampante, de la que dicen que es la más alta de España, lo cual da lo mismo, porque sin lugar a dudas es la más hermosa y no se entiende que puedas acceder a ella y a todo este entorno sin que te detenga nadie.

Sólo el viento, subiendo la arena al monte, debería poder atravesar esta playa.

Tuve una sensación parecida cuando en Guatemala pudimos acercarnos tanto a un volcán que quemamos un palo que nos dieron los niños que nos habían guiado hasta la lava a caballo. No había ningún control, ninguna seguridad.

La seguridad es en este caso, sería para proteger un lugar así.

¿Cómo hacerlo para siempre?

Yo misma sé que hago mal escribiendo de él.

No soy Olga Viza cuando dijo que su playa preferida era la de las Catedrales y años después, dan ganas de llorar al verlas, que parecen un parque temático.

Por eso temo hablar de la belleza porque ya no existe si no es hecha trizas, y aquí está, aún, el Paraíso entero, que casi deberíamos contemplar a través de un cristal, de lejos, sin poder acceder a él, ni siquiera haciendo senderismo, para no estropearlo, mientras el aire del océano te llena los pulmones y te revuelve el pelo, llenándote de ganas de vivir porque aún quede un lugar como éste en el que empezar de nuevo a creer que no todo está perdido.

Se da todavía por aquí una planta en peligro de extinción que cubrió un día casi todo el litoral gallego.

Su nombre, caramiña (Corema album), da varios nombres a esta costa.

Sus frutos, blancos y redondos como perlas, calmaban la sed de los marineros, al estar llenos de agua como las lágrimas.

Por si acaso, no sigo escribiendo.