Fontao

De agua y de bosque y de siglos, está hecho Fontao.

 

Y de silencio que no se oye mientras el rumor de las fuentes corre con el tictac de un reloj cuyas campanadas salen volando por una inmensa puerta de un verde casi esmeralda, partida en dos como en la más humilde de las aldeas, que sólo el conde de Fontao, igual que el rey Arturo al extraer la espada clavada en la roca, sabe abrir.

 

Más allá, hay una inmensidad que es también verde, salpicada de casas blancas, con tejado a dos aguas, y lascas de pizarra donde se posan los pájaros, la niebla y los líquenes. Todo en Fontao está envuelto en un misterio alegre, inocente, infantil, verdadero. Durante algunos momentos, te parece estar dentro de un cuadro del dieciocho, cuando tras la galería, divisas otra casita al fondo, y te deja ensimismada, trasoñando, al columbrar la vida del pazo, que sigue vivo al son de las canciones sin palabras de Mendelssohn interpretadas magistralmente por Noelia Rodiles.

 

Muy de vez en cuando, pasa un camión maderero, mientras el río sigue su curso, entre helechos reales gigantes, Osmunda regalis , que sólo se dan en los cursos de agua pura, y que aquí son tan abundantes como en ningún otro lugar que yo haya visto.

 

Igual que en el sendero de Sargadelos, hay un camino que podrían llamar el “de los enamorados”, porque transcurre entre un canal y un río cuyas playas están hechas de una arena dorada que recuerda el nombre de Oro, el Ouro, del río que brilla mientras pasa.

 

Es este un pazo rural, con hórreos que se alzan al cielo por encima de los tejados, desde donde las doradas mazorcas divisaban los campos de los que salieron.

No resulta difícil adivinar el trasiego que tuvo este lugar en el que se respira la paz de un tiempo que ha hecho las paces consigo mismo, porque sigue el pazo de Fontao fiel a su espíritu, en su humilde esplendor y belleza, lo cual nos hace dar las gracias por ver aún el gallinero con sus gallos coloreados, el lavadero y su nido de carriza, las servilletas al clareo sobre la hierba, los espinos blancos de la entrada con las majuelas rojas entre las que se esconden los pájaros a la manera en la que el escultor Caxigueiro hace fotos con casas de espinas, o de oro dentro de un nido.

 

El pazo tiene unas mazmorras que sobrecogen el alma y dos regatos que corren por debajo trazando una cruz bajo las piedras, pero arriba, todo es calidez y conversación y amistad y libros y flores y cartas, y maderas que crujen, y retratos que te miran desde el siglo dieciséis, y sábanas de hilo, y un caldo verde hecho como el paño de lino sacando las hebras a los tallos, y una ventana sobre un escudo por donde, al irte, se asoma, entre otras, la más bella de las sonrisas, hecha de un dolor insondable.

 

Si hay un color para el pazo de Fontao, es el verde, y es el blanco.

 

Verde de ramas y esperanza.

 

Blanco de bruma, niebla, silencio y agua.