La tremolina

Hoy hace uno de esos días raros de final de verano.

Pasadas las fiestas de agosto, empieza el viento a soplar de otra manera, y desde aquí estoy viendo la tremolina, viento bullicioso, que sopla entre las ramas. También lo oigo, con el movimiento de contrabajo de unos cordeles que han puesto para delimitar la fila de rollos de hierba que, a la orilla del camino, envueltos en plástico, han fermentado.

Hay una sensación de final flotando en el aire con la fugacidad de un suspiro que se lleva el viento porque así ha sido este verano para mí: fugaz. Han pasado los días a toda velocidad mientras mi nieta daba sus primeros pasos y pronunciaba sus primeras palabras, aunque el único vocablo de tres sílabas que ha acertado a decir es el nombre de nuestra perra Canela.

Resulta curioso cuánto les atraen a los niños los animales. No sólo los domésticos. También se fija Gabrielle en los cuervos que pasan volando por encima de los castaños, y los señala, como a las golondrinas que bajan a beber el agua de la alberca, así como a las moscas que mientras le doy el puré vigila y para mi asombro, con menos de un año, también me va indicando dónde están para que les de con la pala, cosa que al principio le sorprendió tanto que me miró extrañada, frunciendo un poco el entrecejo entre el océano de sus ojos verdiazules y verdegrises al mismo tiempo, garzos y zarcos, claros y profundos, insondables y expresivos, llenos de vida a pesar de lo poco que lleva vivido, y que es mucho para ella.

¡Cuánto ha cambiado en tan poco tiempo!

Hay mujeres que se declaran madres por encima de todo. Yo, en estos ocho meses en los que he aparcado mi quehacer por primera vez en mi vida para cuidar de mi nieta en cuerpo y alma, me he dado cuenta de que, por encima de todo, soy abuela. Una abuela pesada. Una abuela precavida. Una abuela habladora.

Una abuela que podría pasar el día recogiendo manzanillas en el prado con su nieta.

La manera en la que señala Gabrielle cada pétalo con el dedo índice, cómo se fija sin prisas en la forma de cada flor, me resulta absolutamente fascinante, y me doy cuenta ahora, con mi nieta, que tendría que ser siempre así, que de alguna manera deberíamos poder conservar este asombro infantil por las cosas para poder entender algo de la belleza de este mundo, que es más hermoso aún con ella mirando por vez primera la Naturaleza.

En unos días se la llevan sus padres, como debe ser.

Le espera una guardería parisina, con derecho a patio, por estar a punto de cumplir un año.

Espero que entre andando.

Que coma todo lo que le pongan.

Que comparta sus juguetes.

Y que se acuerde de cómo sonaba el viento entre las ramas cuando lo escuchamos juntas en verano.