La musaraña

Podría ser este artículo como el libro del poeta José Antonio Muñoz Rojas, Las musarañas, que he perdido entre mis libros, aunque mientras lo buscaba he logrado encontrar “Objetos perdidos” del mismo autor de Las cosas del campo y de Las musarañas que no aparece.

Fue Muñoz Rojas quien le puso puertas al campo, o se preguntó al menos cómo ponerlas, y así los que tenemos casa, si no en el campo, al menos sí en la aldea, pero no en la aldea del veraneo, sino en la de los siglos que no han pasado por el paisaje, con las vacas pastando al fondo, y un sempiterno ruido de tractor que cuando llegamos aquí era el del terrón arado por una burra para plantar las patatas que, con esa generosidad de nuestros vecinos, que es la misma que la de la tierra que labran, siguen ofreciéndonos cada verano: patatas nuevas, recién descubiertas entre la antigüedad de esta tierra.

Pero a lo que iba, venía yo escribiendo sobre las puertas del campo, que no hay modo de ponerlas, pero tampoco sobre la misma casa que, aunque tenga puertas, están siempre abiertas, de manera que cuando mi hijo y mi nuera me comentaron que habían visto entrar un ratón pequeñísimo en el armario, me pasé la noche despierta, barruntando qué podría haber entrado en plena noche hacia la luz de la casa por la puerta abierta.

Les pedí que cerraran el armario a cal y canto y que se durmieran y que mañana sería otro día.

Ellos durmieron a pierna suelta, y yo pensando en el problema de tener un ratón en el armario más grande de la casa, porque está en esos huecos profundos que quedan bajo la escalera, de manera que puedes entrar en él, y hasta darte un golpe sin querer con algún escalón de madera que hace de techo, pero con tanta capacidad que lo hemos llenado. En él se puede encontrar desde ropa de abrigo, a de fiesta, zapatos del siglo pasado y botas con barro de varios inviernos, además del abrigo de mi abuela, el uniforme de vuelo de mi marido, ya en tierra, y toda suerte de cosas que no sabes qué hacer con ellas y acaban debajo de la escalera.

El peor lugar del mundo, en fin, para buscar un ratón y encontrarlo.

Yo además para estas cosas soy muy cobarde, pues aunque en el campo casi nada me da miedo, ni siquiera caminando en plena noche por una corredoira, en casa, me atemoriza ver un pájaro bordoneando los cristales, o un lirón que se ha dormido en la despensa, y en este caso un ratón que podría aparecer de pronto por cualquier lado.

De manera que le pedí a Isabel que por favor me vaciara el armario.

Pasó casi la tarde entera sacando una cosa y otra, llenando hasta arriba la escalera, para al final decirme que había encontrado el ratón y que era tan pequeño que tuviera cuidado por si fuera una cría y que lo había echado a la hierba porque estaba sin vida. Todo ello me pareció extraño, porque hasta jabón del lavaplatos son capaces de comer los ratones, que no se asustan de casi nada, y menos de quedar encerrados en un armario.

Y entonces pensé que podría tratarse de una musaraña de las que se mueven a toda velocidad y viven menos de un año y mueren de un susto de los que da el mundo.

¡Por eso decían mis hijos que el “ratón” era tan pequeño!

Como un dedo meñique de largo, era esta musaraña, que al no encontrar insectos, se había quedado tiesa, su hocico alargado, por el que se distingue de los ratones, mirando hacia abajo, el pelo claro, sonrosado, ¡qué pena!

Pocas veces he visto una musaraña, y cuando la he visto cruzando un camino, no me ha dado tiempo a verla, de lo rápido que avanza, y porque además, al ser tan pequeña, no acabas de creerte que sea un mamífero, si no algo que no distingues hasta que ha pasado y piensas: ¡era una musaraña!

De manera que ha sido ahora cuando se podría decir que la he visto por vez primera, al haber perdido la vida entre tantas cosas perdidas que no sirven para nada.

Me hubiera encantado que no fuera verano para escribirle algo que mereciera la pena.

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