Bebé en vuelo

Todavía hoy, cuando voy a un aeropuerto sin un niño, siento una ligereza que no he perdido desde que mis hijos se hicieron mayores.

Quiero decir que aún recuerdo todos aquellos trayectos en avión y, peor aún, las terminales de los pasajeros, por donde mis hijos se echaban a correr como si estuvieran en la aldea, llegando yo incluso a comprar un arnés por el temor a perderlos porque en cuanto me volvía para facturar, o a pagar algo, se me habían escapado.

Era tal la tensión que vivía en esos trayectos interminables que aún hoy, cuando acudo sola a un aeropuerto, o en compañía de adultos, pienso ¡qué gusto! y no me molesta casi nada, ni el control de equipajes, ni facturar, ni siquiera la espera si hay retraso.

Porque voy sin niños.

De ahí que cuando mi hijo y su mujer me pidieran que trajera de París a mi nieta, se me encendieran todas las alertas. Si a ello sumaba que en el último viaje perdí la maleta, aunque al final apareciera, y que estamos en temporada alta, con los retrasos que conlleva, el pánico se apoderó de mí aunque con una ventaja que hizo que la cosa no me pareciera tan complicada: que la niña no anda por ahora.

Aún así, viajar en avión con un niño es una odisea.

Todavía no sé cómo pasé el control de equipajes, cómo hice para sacar los líquidos que no eran otra cosa que comida para la cría, quitármela de la mochila, volverla a poner dentro, todo ello gracias a que Gabrielle no sólo es buenísima sino que tiene unos grandísimos ojos grises, según reza en su pasaporte, un poco garzos, con los que va conquistando a todo el que le rodea, de manera que nadie miró casi nada porque iba con una niña que todo el mundo mira.

Tampoco nos hicieron mucho caso al embarcar, si la niña era mía o no, aunque llegados allí me obligaron a bajar la maleta de mano a la bodega, que no quise facturar por si volvía a perderla, pero que en el fondo agradecí que se la llevaran porque aún nos quedaba subirnos al autobús, bajar del autobús, subir la escalerilla del avión, alcanzar el asiento con la niña contra el pecho, arrastrando el cochecito que no quise facturar por no perderlo, y que no quise abrir por miedo a no saber cerrarlo. Toda yo era miedo. Miedo a un retraso del avión. Miedo a no tener comida suficiente. Miedo a que Gabrielle se cansara de sonreír a la gente.

Ahora que lo pienso, fue una misión casi imposible, salir de París en el día después de su récord de altas temperaturas, bajar el equipaje, subir la niña a la mochila, luego pasarla a la silla para niños del Uber, después bajarla y volverla a poner en la mochila, arrastrar la maleta y el cochecito, y sin manos, casi con los billetes en la boca, alcanzar una sala atestada de gente mirando alrededor para encontrar un sitio donde descansar un poco.

Tuve mucha suerte.

Porque además las familias embarcan por un pasillo aparte, lo cual crea una complicidad tremenda desde el principio sin decir una palabra, y cuando te empiezan a ver sudar, todo el mundo corre en tu ayuda, de manera que siempre hay alguien que te sube el cochecito, o te da algo que se te ha caído.

Mientras la niña esté bien, todo va bien, pensaba a cada rato.

Gracias a Dios, una joven familia de Boiro, se portó de maravilla conmigo, de manera que alcancé mi asiento y una vez allí se sumaron las atenciones de la tripulación auxiliar calentando el agua del biberón de Gabrielle antes de despegar para, nada más alcanzar el cielo, dormirse como una bendita en mi regazo.

Tenía los ojos cerrados, pero los pasajeros de delante se volvían para mirarla, y yo también, envuelta en el mismo embrujo, pensando que a pesar de los pesares, no había mayor felicidad que aquella, de viajar por el cielo con mi nieta en brazos.

La sensación de robar un tesoro, tiene que ser muy parecida: de felicidad absoluta con la tensión, el agotamiento y la adrenalina por las nubes.

Además, ya sólo me quedaba bajar, esperar la maleta, y subir todo a un carrito con la niña en brazos para hacer una entrada triunfal, sudando igual que si fuera a cruzar la cinta de una meta.

Ya en casa, caí desplomada.

Por eso, al saber que habrá estos días retrasos con los aviones, he pensado en todos los padres y abuelos que viajarán con bebés y con niños, a los que envío mucho ánimo, y un fuerte abrazo.