Columbrar

Mirando Castropol desde Ribadeo me vino la palabra a la cabeza: columbrar.

Había salido a colación unos kilómetros y horas antes cuando, comiendo en Mondoñedo con unos amigos, surgió el vocablo “avizorar”, y de ahí a “columbrar” que me recordó de inmediato a un libro que leí de Coleridge, puede que el único que haya caído en mis manos, titulado “Espíritus que habitan el arte”, donde se reunían una serie de conferencias entre cuyos textos aparecía esta palabra que no he olvidado: columbrar, aunque no tenga ahora el libro a mano para escribir, también, el nombre del traductor.

Columbrar, es una palabra que vuela como una paloma hasta el mismo cerebro, donde se posa ya para siempre una vez que la has leído, de manera que cuando vislumbras, conjeturas, divisas o adivinas algo a lo lejos, y las casas te parecen todas de juguete, y el paisaje más pintado que verdadero, empieza a volar en el pensamiento el vocablo columbrar porque, más que ver, trasueñas, imaginando lo que estás mirando, de tal manera que la fantasía y la realidad se mezclan, entre la bruma de la lejanía, sobre lo que observas en el mundo.

Castropol, visto desde Ribadeo, es algo así, de tan perfecta y blanca y verde y azul como es la vista desde el Parador, arañada aquí y allí por algún polígono que sobra,  y quizás también sobra para la mirada el trasiego de cargueros de unas maderas que recuerdan a las cerillas de una caja, con todos los ataúdes de eucalipto que son los troncos sin sus raíces y sus ramas, apilados sobre el muelle como sardinas en lata, esperando que se los lleven o los traigan, navegando inexplicablemente por encima del tesoro único en el mundo que es el galeón hundido al que llaman “de Ribadeo”, el “San Giacomo di Galizia”, hecho de roble italiano, esperando entre la arena que la sensatez burocrática le haga un museo o al menos una réplica.

También al galeón lo columbramos bajo el agua, cubierto por ese limo que va y que viene con las mareas, casi tocando la superficie, a sólo cinco metros de profundidad, con la soledad del tiempo cuando se hace infinito porque se ha conservado más allá de la primera cubierta, mientras la vida pasaba desde 1597 cuando sucedió el naufragio y, para el galeón, se detuvo el tiempo.

Fue una pena que no tomara yo notas mientras el Director de las intervenciones en el “San Giacomo de Galizia”, el doctor en Ciencias de la Antigüedad y Arqueólogo Subacuático Miguel San Claudio, nos daba una conferencia magistral y mostraba unas fotos de un verde claro que nos hacían soñar con el pasado tan remoto y a la vez tan cercano gracias al descubrimiento en 2011 de este hermosísimo, y único hoy en el mundo, galeón español que une por su construcción e historia a casi toda Europa.

Una maravilla de la que no entendemos nada, pero la columbramos.

La vemos con los columbres que son los ojos del alma.