Inesperados pájaros

Los pájaros que más me gustan son los que nacieron en mi casa.

Me refiero a esas aves que no se sabe muy bien por qué, anidan en las ramas de árboles que plantamos, en ocasiones con nuestras propias manos, sin pensar en que serían jaulas abiertas en las que criarían los pájaros.

Quiero decir que yo nunca pensé, cuando planté los árboles en esta finca que fuera un linar, que en una tarde de verano relincharía por el calor uno de esos pájaros carpinteros que por Galicia llaman peto, y cuyo nombre vulgar es Pito Real, Picus viridis el científico.

Mientras estaba escribiendo, sonó un relincho, que resulta inconfundible y que no sólo se oye en el campo cuando hace mucho calor, sino también en los parques de las grandes ciudades como en el parque del Retiro, donde pasado el estanque, no sólo lo he escuchado más de una vez, sino que incluso localicé uno de sus nidos, con un agujero perfecto y redondo, sobre el tronco de un plátano de sombra, a unos diez metros de altura. Alzo la mirada cada vez que paso por allí, contenta de haber descubierto, en la ciudad, el campo.

Y ahora, en pleno campo, lleno de ruidos, porque están segando ahora mismo el campo de abajo, pero no con las grandes segadores que estuvieron por aquí hace unos días, sino que es una sola persona, con una de esas máquinas que llevan colgadas del cuello, mientras sobre la cara se ponen una especie de escafandra igual que la de los soldadores para protegerse la vista porque saltan muchas piedrecitas al segar de esta manera.

Cuando vinimos a vivir aquí, se segaban los campos con guadaña, y el ruido que hacía era precioso, de la hierba aún fresca que iba formando baraños, hileras que se quedaban lacias, todavía verdes, pero ya sin la vida. Por aquel entonces mis vecinos segaban como describe Tolstoi en Ana Karenina, y se percibía un ritmo y una música y también en el aire el pensamiento de quien, sin pensar en nada, segaba casi automáticamente, pero sin más maquinaria que la de su propio esfuerzo.

La belleza de una tarde, en la que Pilar segó la yunca que medraba alrededor de nuestra casa, esa hierba segada en montoncitos, mientras los niños jugaban en pijama, y debajo la otra hierba del país, que tiene hasta manzanilla, y más allá el trigo de la finca de al lado, que ya empezaba a agostarse, y un poco más allá el verdor de los sauces blancos que se daban donde nace un regato que no va a ninguna parte, no la he olvidado, aquellos verdes, de tantos colores distintos, me encantaría saber sus nombres, pero sólo acierto a recordar verdegay, para el verde nuevo, verdiazul, para el que se parece un poco al cielo, y verdeceledón para el verde claro.

Los nombres.

Si no sé nombrar, me parece no sólo que no sé nada, sino que no veo nada, que pierdo todos los colores y las formas, como si no pudiera acabar de ver las cosas hasta haberlas nombrado. Anoche un gran insecto negro, que en principio creí que era un murciélago del tamaño que tenía, se puso a volar como una mariposa colibrí alrededor del foco que alumbra la fachada de mi casa, bajo la parra. Se iba contra la luz, y al chocar contra el cristal que protege la bombilla, se marchaba para volver de inmediato, como si, a pesar de ser un insecto nocturno, con élitros más negros que la noche, no pudiera resistirse a esa luz que la Naturaleza le había negado para su vida. De alguna manera, la farola era su Sol.

De vez en cuando, en el rapidísimo batido de sus alas, me pareció ver el cuerpo anaranjado pero de pronto se posó bajo la luz y entonces pude fotografiarlo. Me quedé asombrada. Llena de ignorancia. Todavía hoy no tengo ni idea de cómo se llama este gran insecto que vimos ayer, pero tengo que saberlo para entender algo; si es un insecto de por aquí, o si llegó de África con el calor tropical de anoche.

Por un momento barrunté si sería un ciervo volante, pero no tenía los cuernos ni hacía el ruido que con tanta facilidad lo identifica. Creo que en la vida me he dado un susto mayor que la noche en la que entró en la cocina uno de estos ciervos volantes (Lucanus cervus), hoy tan escasos, que se dan entre los robles, y que cuando entran en casa se ponen a volar a ras del suelo haciendo un ruido que asustaría al más valiente. No saber además nombrarlo, ni qué era, me causaba un gran desasosiego.

Como ahora con las marcas que ha dejado el pájaro carpintero en uno de los liquidámbares que, por recomendación de un amigo, planté hace años, porque tenía un otoño muy bonito. Lo último que espera es que los colores que me traería no serían sólo los del otoño, sino el del Picus viridis, que tiene todos los colores menos los del mar, rojo, amarillo, y verde limón.

Precisamente “viridis” quiere decir verde en latín.

Buscando hormigas bajo la corteza, ha dejado unas marcas tan numerosas y conspicuas que me pregunto si recibe algún nombre esta suerte de ametrallamiento con el pico de los pájaros carpinteros sobre el tronco de los árboles.

Además, este peto, me parece que es un pollo del año, porque el plumaje del pecho está aún muy desdibujado, y porque resulta mucho menos desconfiado que los adultos.

Estos pájaros que han nacido en casa, sin pretenderlo y sin más jaula que la de las ramas abiertas al cielo de los árboles que plantamos, son los que más quiero, porque nacieron inesperadamente, como las letras de mis manos.