Sombra

Nunca una palabra me pareció más bonita.

La sombra es la caridad de los árboles, recordé que había escrito, mientras aprecié como si bebiera un vaso de agua fresca, la sombra de una acacia, la manera en la que el viento, la brisa agotada y agostada, sonaba bajo el verdor del árbol, la acera oscurecida de pronto como un estanque, de sombras de hojas divididas que se movían.

“La acción del hombre es menor cuando se conserva una vegetación de estructura arbórea”, escribió el ecólogo Ramón Margalef.

¡Qué gran verdad!

Incluso, en la ciudad, es cierta; o quizás más aún en la ciudad, porque venía yo hace unos días de Moncloa, bueno, de mucho más atrás, porque había salido de “El Corte Inglés” de Castellana donde, al entrar, había notado ese aire acondicionado que es el mismo de siempre, o así me lo parece, porque también esto es un recuerdo de la infancia, ir a estos grandes almacenes y sentir como si entraras en otro mundo, o al menos en el otro hemisferio del mundo, por ese chorro de aire acondicionado entonces inexistente en la mayoría de las casas.

Pero, al salir, fue como estar no ya en Madrid, sino en el Ecuador, arrastrando con el mal de altura los pies por Quito, con todo el sol justo en la vertical, sin un solo árbol alrededor, al haber sido sustituidos por los edificios y el asfalto. Qué pena. Cuánto más bonitas son las calles arboladas, entreveradas de sombras, con ventanas abiertas a la tierra.

No sé cómo, llegué con los ojos entrecerrados a la parada, que atisbé calle arriba, como un espejismo del desierto y me subí al primer autobús que pasó. El circular. El C-2. Una hija despedía a su madre quien se subió al autobús conmigo. A la pobre señora le había caducado la tarjeta y se afanaba en encontrar monedas mientras el autobús, que había iniciado su marcha, más que avanzar sobre el firme se diría que navegara dando pantocazos, mientras la mujer no tenía manos para agarrarse. Fui incapaz de dejarla sola. Después se sentó, respirando como si le faltara el aliento. No sé por qué la imaginé viviendo sola, su piso oscuro, las persianas bajadas, el gazpacho en la nevera. La soledad inmensa de una tarde de verano esperándola en casa. La acompañé con la mirada cuando bajó del autobús, respirando como un pez fuera del agua. Qué calor.

Ya en Moncloa, bajé y me encontré de lleno con la plaza asolada por la canícula, ni una brizna de hierba entre las piedras serradas y cruzando la calle, de pronto, las acacias del parque del Oeste, su sombra, devolviéndome a la vida.

Hay también sombras de toldos y de porches pero ninguna con más rumor de agua que la sombra, en la ciudad, de los árboles.