Generación Doliente

Me quedé prendida en la expresión de la que me habló una amiga en su casa hace unos días: doliente, “Generación Doliente”.

En Galicia se llama doentes a las personas que están enfermas y a la vez son pacientes, esperando una mejoría que a veces no llega, como le sucedió a esta generación de pintores extraordinarios que murieron alrededor de los 30 años, tres de ellos sin ni siquiera llegar a cumplirlos.

Echo la cuenta y me estremezco.

Muy cerca de mi casa, subiendo hacia Cesuras, recuerdo ahora un hospital para tuberculosos que desconozco si algún día estuvo acabado porque hoy no es más que una ruina misteriosa, llena de belleza y de hiedras, por donde la luz campa a sus anchas entre las sombras. Muchas personas se acercaban hasta aquí, a lo alto de estos montes, huyendo de las brumas marinas, para secar un poco los pulmones, aunque en el caso de estos pintores no fuera así porque todos fueron reconocidos de manera muy temprana y viajaron y fueron a Madrid, incluso a Roma como Ramón Parada Justel (1871-1902) que recibiera un premio por el colorido de su obra, como el del sombrero rojo y rosa de la mujer que mira el escaparate de una joyería en el óleo “El recuerdo de las joyas”.

Me pregunto si tendríamos ahora otra imagen de Galicia si ellos siguieran vivos.

Si no hubieran fallecido con tanto talento y tan temprano, como el hijo de Rosalía de Castro y Manuel Murguía, Ovidio Murguía de Castro (1871-1900) que perdió la vida, también de tuberculosis, con menos de 30 años. El colorido de su obra es asombroso, como en “Guadarrama” (1898) adonde le gustaba ir mientras vivió en Madrid para pintar la tierra, la montaña nevada, el gris de los bosques en invierno y el cielo azul con sus nubes blancas. Todo muy limpio, muy verdadero. Tienen la verdad de la plenitud estos cuadros. Todo el colorido de quien ve la vida desde la atalaya de la juventud que es el punto más alto de una existencia.

Porque el color, es lo que más me asombra, de esta pintura de la Generación Doliente, que sólo por este adjetivo recibido con motivo de una exposición de pintura gallega que se hizo en el Salón Ferrolano, sugerirían muchos grises y colores apagados, pero hasta cuando retratan el dolor como hace Jenaro Carrero Fernández (1874-1902) en su obra “Víctima del trabajo” que alberga el Museo del Prado, aparece obscuro sólo el desgraciado que va tumbado sobre la paja luminosa de un carro; y todos los que, aún con vida, lo lloran o se lamentan, tienen sus ropas llenas de colores de primavera, amarillos, rojos, que destacan y brillan como si tuvieran luz propia sobre el fondo sombrío de una iglesia de piedra.

Incluso el pastel que le dibujó, quizás en agradecimiento por ser su mecenas, Joaquín Vaamonde Cornide (1872-1900) a Emilia Pardo Bazán, se aprecia una luz muy especial alrededor de la oscuridad del traje de la escritora.

A Jenaro Carrero Fernández se le ha comparado con Monet y el impresionismo y la verdad es que hay mucho en esta generación de la pintura francesa que vi cuando estuve en París, algo de Renoir y de Degas, aunque no entienda yo nada de pintura, pero sí de este colorido que reclamo ahora para Galicia porque no puede ser que la tuberculosis nos haya sumido a todos en las sombras y en una imagen de esta tierra que no es la que vieron los que mejor veían, que fueron estos pintores de la generación doliente cuyos cuadros se me antojan ahora más valiosos que nunca para devolver el color a una tierra que arrastró ya muchas sombras de guadañas y a la que hay que traer la luz de estas pinturas, de estos cuadros, de estas obras de juventud de quienes jamás envejecerán para nosotros ni para nadie.

Devolver la luz a Galicia como si aún, en este día de verano de 2019, nublado y luminoso, siguieran pintando.