La playa más limpia

Cuando se habla de limpieza no siempre nos estamos refiriendo a lo mismo.

Hay quien, para mi sorpresa, considera “suciedad” a las flores caídas de las camelias, cuando alfombran de pétalos, con la forma exacta de su sombra, el suelo.

También he oído referirse a que la playa estaba “sucia” cuando las algas de los vidrieros, que es el mayor tesoro del Mediterráneo, la Posidonia oceanica cuyos tallos son verdes pero que se clarean y oscurecen al mismo tiempo porque se vuelven cintas negras que brillan como si tuvieran escamas por encima, llenas de facetas claras, igual que la sal del mar, se amontonan en la orilla arrancados por las olas del fondo.

Le llaman alga, pero es una planta verdadera, con tallos, flores y frutos, que vive sumergida y de la que vemos en las playas no sólo los tallos, sino también los ovillos que forman los hilos de esas hojas, unos ovillos muy pesados porque están mojados y llenos de arena, además de las cepas de los tallos, que son también oscuros, o muy claros si les ha dado el sol, y que tienen una forma muy curiosa.

Hay a quien, esta sensación de tallos acintados, pegándose a las piernas como serpentinas mojadas, les disgusta tanto que prefieren la playa “limpia”, sin nada más que las olas.

Luego, se encuentran con otra alga que es la lechuga de mar, y creen que es estupenda porque su aspecto es reluciente y muy verde, pero muchas veces es la presencia de esta alga, la que nos habla de la impureza del agua.

Son las especies las que nos cuentan todo del lugar donde estamos y por eso siempre me ha parecido que es necesario reconocerlas, porque, de no hacerlo, ya no es ya sólo que nos perdamos una porción importantísima de la felicidad de compartir este tiempo sobre la Tierra precisamente con esas especies que son nuestras contemporáneas, sabiendo cómo se llaman cuando las tenemos delante, como si de un vecino al que apreciamos se tratara, sino que además cada una de ellas, nos revela muchas cosas, de la pureza del agua, o de la calidad de la arena de la playa, si es arena de verdad, hecha allí mismo por las olas, o si fue traída de otro lugar privando a la playa de su mayor tesoro que son todos esos microorganismos e insectos, poliquetos, moluscos, que viven enterrados cuyos rastros veremos si nos fijamos en las huellas que dejan cuando entran y salen.

Todo esto parece mentira que pueda existir en las playas aplastadas por la gente, pero aún quedan afortunadamente muchas playas en las que la vida silvestre, a las que llaman “suciedad”, sobrevive.

Para mí nada hay más hermoso que la Naturaleza cuando se la deja ir y venir a su aire como un océano.