El equipaje

Al proceso por el cual, cuando empiezan los primeros calores, se le caen de golpe todas las plumas de vuelo a las anátidas, se le llama mancada.

Yo me siento ahora un poco así, como si todas las plumas que no tengo se me hubieran caído de pronto, al haberse extraviado mi equipaje, con muchas cosas de gran valor para mí.

Es la primera vez que me sucede.

No saber dónde está mi maleta.

Bueno, en realidad era una bolsa con ruedas.

Y es curioso que hable ya en pasado de ella, como si hubiera perdido también la fe en recuperarla porque, la verdad, no me quito esta sensación de imaginarla en el limbo de las maletas desde que vi la cinta dar vueltas sin ella, con los fantasmas, me pareció entrever, de todas las maletas perdidas, lo cual produce un desasosiego inexplicable.

El cargador de mi ordenador, iba en ella, menos mal que no el ordenador, que saqué a última hora, pero sí un cargador nuevecito, por lo que escribo ahora mismo a contra reloj, con un 50% de batería; bueno, ahora un 48 %; y ahora que repaso, al 40%, por lo cual dentro de poco se apagará y no volverá a encenderse hasta que aparezca la maleta.

Si aparece.

Además de un disco duro con documentos importantes para mí, dentro de la bolsa va también un vestido único de alta costura de Lanvin que compré en la calle, en un “vide grenier” de Montmartre, uno de esos maravilloso mercadillos que hay de vez en cuando en la plaza de Les Abbesses. El vestido era verde y de flores y de gasa, y volaba con el viento. Estaba colgado de la verja del parque donde hay cola para hacerse fotos porque hay un muro en el que pone “te quiero” en todos los idiomas.

Y allí, de lejos, divisé este vestido que puede que sea el más bonito que haya tenido nunca porque es antiguo y a la vez moderno, usado y nuevo, elegante y natural, tan precioso que es el que llevaba a todas las bodas y el que iba a prestar, precisamente para una boda del fin de semana que viene, a mi nuera Flora, que viene pasado mañana.

No quiero ni pensar que se puede haber perdido el vestido.

También tenía toda la ropita de mi nieta, su impermeable para la lluvia, ropa nueva y biberones y cosas que necesita para cuando venga con sus padres el miércoles, pero ahora, no sé qué voy a hacer, porque nada de esto ha llegado conmigo, cuando en el mismo finger, al estar el avión lleno, tuvimos que bajar esta mañana el equipaje, pero no a la bodega en la puerta del avión, como me ha ocurrido otras veces, que esas siempre llegó, sino que lo echamos por una rampa compartida para el equipaje de Vigo y de Coruña, y como todo es Galicia, pues bueno, a lo mejor con las prisas se fue a la bodega equivocada, y así estamos ahora los que, con muy poca fe, nos fuimos a nuestro asiento, cruzando los dedos, presintiendo que el equipaje no iba a llegar, como así ha sido.

La impresión que tengo es muy rara, de pérdida llena de esperanza, y a la vez de temor a que no aparezca nunca.

Este desasosiego, es nuevo para mí, e imagino que frecuente para muchas personas cada día.

Es verdad que nos sobran muchísimas cosas, pero en esta ocasión, en esa maleta iban cosas muy necesarias para mí, precisamente porque no son para mí.

Más que maleta, es una bolsa de mano con ruedas, de color oliva.

Mi suegra, suele rezar a san Expedito cuando se pierde algo.

Yo miro a cada avión que pasa, pensando en si ese, esta vez sí, traerá mi maleta por el cielo.