Las Perdiceras

Entre las cosas que han venido de París, está un libro que había volado hasta allí y que me he traído de vuelta para abrirlo con calma aquí, en esta galería desde donde escribo ahora, con algo de frío afuera pero con el calor del sol que estuvo, entre los cristales, sentado en un sillón toda la mañana.

¡Qué invento son estas galerías de madera!, sobre todo en los días fríos de junio, donde la casa, entre las paredes, parece soltar aún la frialdad del invierno, pero entras en la galería y te das cuenta de que es verano, porque la fuerza del sol se queda aquí, como en una isla, o como en un camarote de un barco en mitad del océano, porque no se puede estar mejor, con esta sensación de estela de sol en el aire, los pies sobre una silla, el ordenador sobre las rodillas, viendo la hierba, algo seca, por haber tardado en segarla, y más allá, los castaños florecidos, con muy pocos pájaros e insectos, que ellos sí notan el frío y se vienen a refugiar también aquí conmigo, bordoneando los cristales.

El libro se titula “Águila de Bonelli” pero podría haberse titulado “Mis Perdiceras” que es como llama su autor, el gran fotógrafo de la Naturaleza Tony Peral, a la pareja de Águilas de Bonelli o perdiceras (Aquila fasciata) que estuvo observando durante meses desde una cárcava sobre los espartizales para obtener las mejores imágenes en vuelo que yo haya visto jamás de esta impresionante ave rapaz cuyas presas, en la Península Ibérica, suelen ser las perdices y los conejos, que aparecen en las fotografías de Tony aún con vida, como la luz que rodea toda la escena, “la mejor luz de la mañana” que es la que encontró Tony tras años de espera, mientras a la perdicera “la oía cortando el aire según se iba acercando”.

No se olvida Tony del paisaje, de la belleza erosionada que revive con estas impresionantes aves que llevan los colores de la tierra al cielo, que aquí es muy azul, con mucho sol, incluso en enero.

El Águila de Bonelli, escribe el autor, “es una rapaz que necesita ayuda para no desaparecer, una ayuda tan sencilla como la de dejarla en paz.”

Yo también dejaré tranquilo este gran libro, pero abierto, para que se vea la mirada de alguien al calor, que ese nunca se va, del amor a la Naturaleza.