El resol

Lleva queriendo salir el sol desde que amaneció.

Esta lluvia es como un visillo muy fino que no llega a tapar del todo el sol; incluso se diría que lo refleja de manera que, más que sol, hay un resol, entre el agua.

Me contó Manuela hace unos días que para hacer los quesos necesita silencio.

En su casa siempre hay algún ruido de motor, ya sea el de la ordeñadora, o el del camión que viene a traer las pacas, o el de una motosierra. Pero no le molesta ninguno de estos sonidos hasta que se concentra para hacer el queso. Me recordó a Juan Ramón Jiménez del que leí que no soportaba para escribir el sonido del piano del vecino de al lado, por lo que gastó mucho dinero en poder aislarse, mientras pienso que quizás las notas encontrarían a pesar de ello un hueco para salir al aire, como este sol que, aunque no salga, está ahí, reverberando su luz entre las nubes.

Yo ahora oigo el ruido del lavaplatos, mientras afuera llueve, o hace el cielo que llueve, porque es ésta una lluvia tan fina que parece un visillo, un disimulo del agua, y se nota que el sol sigue ahí mismo, tras esa cortina de agua flotante, que casi parece una niebla, más que lluvia, y en la que cantan todos los pájaros cuyos cantos rebotan como la luz por lo que, además del resol, hay un resonar de sus voces de un lado al otro del aire, entre unas nubes que reproducen el eco de una cueva blanca, en vez de perderse por el valle.

Hay personas que creen que en Galicia llueve todo el rato, pero habría que hacer un inventario de lluvias porque no todas son iguales, y ésta de hoy es una lluvia que da calor al estar llena del sol que tenemos ahí mismo, respirando, disimulando, haciendo que es de primavera cuando ya es un sol de verano, aunque no haya podido aún asomar ni uno solo de sus rayos.

La hierba, que esta mañana amaneció tumbada, encamada, undosa como un mar detenido allí donde estaba alta, ha agradecido mucho este día tras el calor pasado, y también los caracoles que, silenciosos, avanzaban esta mañana por los tallos de los rosales silvestres, plenamente florecidos, mientras se llenaban de gotas de agua las telarañas.

Los mirlos son los que cantan más alto con esta lluvia que no lo es, y silban y su voz se abre paso como cuando anochece, y quieren decir el último silbo del día mientras de la tierra salen olores fuertes, de humus y de eucaliptos caídos, tantos que ya no reconozco algunos caminos.

A veces me detengo esperando que asome algo mas que una carriza que va y que vuelve, al notar en esta humedad el aliento de los animales entre la niebla cálida llena de agua que parece un vaho, pero no asoma ninguno y se pierde el camino y me pierdo yo todo lo que sé que está ahí mismo y que respira conmigo.

Quizás al atardecer, como un viento que se calma con el ocaso, asome sin más el sol, antes de dar por terminado el día.