Las caléndulas

Con el canto de los grillos en pleno día han florecido las caléndulas.

Se quedan casi siempre al borde del cultivo, como no queriendo molestar, o sabiendo que se harán con todo el campo hasta el infinito si algún día queda en barbecho porque ellas, duran más que el centeno y que el trigo, que ya lo dice su nombre, caléndulas, del calendario por el que ya pueden pasar los meses mientras siguen dando flores amarillas bajo el sol que imitan.

Se ha quedado dentro de la casa el frío que hizo afuera.

Por eso, nada más regresar de Madrid, donde también hacía fresco en la casa de mi madre o al menos yo he notado el frío no sé si de la soledad o de la pena de dejarla allí mientras me volvía, he abierto las ventanas de par en par y ha entrado el canto de los grillos mientras volaban muy bajas unas cuantas golondrinas que, me parece de oído, ya están enseñando a cantar y a volar a los primeros pollos, porque su sonido es de escuela sobre el cable del teléfono.

Esto se repite todos los años, y si no fuera alguna vez así: las golondrinas, los grillos, las primeras caléndulas florecidas justo por el borde de la valla que linda con el campo de mis vecinos, nadie puede imaginar cuánto lo echaría de menos, como el canto del cuco que tras un incendio dejó de sonar y ya no ha vuelto, y cada primavera me parece verlo volar, grande y gris, bajo las hojas undosas de los castaños, pero que no he vuelto a escuchar como un reloj que para mí, para siempre, se ha parado.

Más que el sonido de la noche, me asombra este estridular de los grillos en pleno día, lo cual quiere decir que la tierra ha empezado a calentarse por el aumento de minutos de insolación, y es tal su resonar, casi como de chicharra, que te llegan a aturdir, como sucede ahora mismo, al convertirse en una suerte de llamada para que abandone la frialdad de la casa y salga a pisar la Tierra con el calor del Sol al que ha dado toda una vuelta para regresar casi al mismo punto, haciendo bullir todo de nuevo, de flores amarillas y de grillos que cantan a un mundo que, ellos creen, sigue siendo el mismo.

Se echarán toda clase de productos para que no entren como si fueran ratones en una casa, pero las caléndulas, arvenses como las amapolas y las malvas, acompañantes desde tiempos inmemoriales de todos los cultivos, porque tal vez también un día, para teñir, o para cualquier remedio, fueron cultivadas, o quizás por su sencilla belleza de margarita sin blancos, toda oro, a casi roja, anaranjada, dorada como el azafrán, se las arreglan para dar pequeños pasos entre la semillas que preferimos y ahí siguen, con el calendario, durante los meses, reproduciendo la luz del sol sobre la tierra.

Hace frío, pero no hay más que mirar las caléndulas, sea cual sea el día del año, para ver llegar, o marcharse, la luz del verano por el campo.