La paz

Escribo desde el cuarto donde me conecté a Internet por vez primera, hará casi veinte años, y la conexión parece haber dado sólo un paso desde entonces.

No hay velocidad.

No la hubo nunca, y sigue sin haberla.

Escribo con la ventana abierta porque en Galicia no hay en este día ni una sola nube, y estamos a veinticinco grados.

Parece verano.

Hay un silencio de grillos que te envuelve, y algún zumbido de moscardón mientras un mirlo canta y una tórtola zurea; la primera que oigo este año. Al fondo, graznan los cuervos, que esta mañana, sobre un cielo muy limpio y muy azul, volaron haciendo círculos como las aves vulturinas que también son.

Qué gusto estar aquí.

Aunque lo primero que haya hecho sea poner música francesa a todo volumen.

No hay vecinos.

Se puede poner la música a volar por el valle, mientras la velocidad de Internet sigue a cámara lenta.

Cuando viene así el mes de mayo, no creo que haya un lugar más hermoso para estar que Galicia, con todas las dedaleras florecidas, y este piar de escribanos recién nacidos.

Aún no he visto la ría más que de lejos, pero cuento los minutos para echarme al mar, mientras llama por el agua un pájaro carpintero con su relincho.

No salgo afuera porque si no, no saldría.

Quiero decir que está todo por colocar dentro de la casa, ya que la estancia en París ha sido como un mudarse de vida, y ahora hemos regresado con cuatro maletones llenos de cosas y a la vez vacíos de lo que allí dejamos, que ya empieza a pesarnos y que se me pasa con la música francesa a todo volumen…”Les escaliers de la butte…

Mientras sonaba la canción, apareció de pronto mi vecina Pilar con varias docenas de huevos. Casi me echo a llorar. En Francia los venden de cuatro en cuatro. No hay docenas de huevos, sino cajas de diez como mucho; aunque la más curiosa, porque parece de juguete, es la que contiene cuatro.

Y aún con esa escasez de alimentos de primera necesidad, teníamos en París la sensación, si no de estar en el centro del mundo, sí de la Cultura, y ayer cuando bajamos a Betanzos, donde refulgía el blanco de la iglesia al lado del campanario de piedra, viendo esas galerías de madera pintadas de blanco tan hermosas, llenas de sol a raudales, me preguntaba por qué no es ésta una ciudad de artistas, como es Montmartre, ya que, como apuntaba mi hijo hace unos días, tiene mucho de bohemia la ciudad vieja de Betanzos, hoy casi abandonada.

Mientras en Montmartre nadie se ha ido y sus calles más viejas están llenas de niños, por la ciudad vieja de Betanzos ya no quedan más que los peregrinos y los turistas, como si nadie hubiera aún descubierto lo agradable que puede ser vivir sin coche por una calle que sube y que baja.

Es algo que espero llegue muy pronto, como la velocidad de la luz, a la luz corriente de casa, para poder trabajar, y pensar, y escribir, sin tener que moverme de aquí, el único lugar del mundo donde me siento, si no plenamente feliz, al menos en paz.

Y la paz es la felicidad ya de vuelta.