La vejez

Desde que soy abuela he perdido el miedo a morir, pero no a la vejez.

Cuando hablo del tema con otras personas, me encuentro que son muy pocas las que me dicen que les da miedo morir, pero sí manifiestan sin embargo, abiertamente, no ya una preocupación, pero sí un comentar cosas que tienen que ver con la vejez, ya sea a propósito de la jubilación, o de lo que harán en el futuro, incluso mi hermana hace unos días me hablaba de la posibilidad de irse unos cuantos amigos a envejecer juntos bajo un mismo techo.

Mis dos abuelas vivieron cien años, las dos con plenas facultades hasta casi el último de sus días.

Mi abuela Paz, comía siempre el blanco de las naranjas, el albedo, porque decía que allí estaban todas las vitaminas. Para almorzar, tomaba dos platos y dos postres, de fruta y queso con miel. La rutina era para ella muy importante. El olor del pan tostado, un poco requemado, que salía por la mañana de su heladora cocina, toda de mármol blanco, era un día y otro exactamente el mismo, puntual como un reloj de cuco. Mi abuela Paz era muy ceremoniosa. Y muy amante del orden. No tiraba nada. Pero en vez de guardarlo de cualquier manera, tenía todo ordenado, hasta el último cordel, o un papel de regalo. Siempre vestía igual. No tiraba la ropa. La guardaba en un armario que tenía una cortina de algodón blanco un poco gruesa, de manera que al abrirlo no veías lo que había hasta que descorría la cortina, de argollas metálicas, y aparecía la misma ropa de todos los años. Camiseros para el verano, trajes de chaqueta para el invierno. La recuerdo elegante, bien arreglada desde por la mañana. Nunca la vi despeinada, siempre con su pelo bien puesto, gris, un poco amatista, y peinado de la misma manera, a lo reina de Inglaterra. Había algo regio en mi abuela Paz. Y era muy moderna, dentro de su clasicismo, siempre leyendo el periódico. A ella le debo mis primeras lecturas, y mi primera escritura sobre los pasaportes caducados que me daba para que escribiera en ellos.

Mary era distinta. Mary era bohemia. Al contrario de Paz, tenía un pelo tan largo que le llegaba a la cintura. Pasaba tres horas al día acicalándose. Sólo para peinarse, necesitaba una hora. Primero cepillaba el pelo con la cabeza hacia abajo y como lo tenía muy blanco, parecía una cascada. Después lo dividía en tres, agarrando con peinetas de plata los laterales para luego ahuecar la parte de delante de manera que el moño no quedara pegado a la cabeza sino haciendo una onda blanca que le daba un aire a lo Katharine Hepburn en “La reina de África”. Era muy guapa y tocaba el piano, aunque no lo tuviera delante. Cuando mis abuelos cambiaban de ciudad, cosa que sucedía con frecuencia al ser mi abuelo militar, lo primero que hacían era alquilar un piano para Mary. Y aunque no lo tuviera, ella tocaba igualmente, incluso reproduciendo su sonido, con una mesa delante. Quizás por ello siempre llevaba las uñas pintadas. Mary, era muy presumida. Vivió también cien años, siempre alegre y contenta. Mary era muy fácil. Y muy graciosa.

A veces pienso que la influencia de mis abuelas sobre mí fue mayor que la de mis padres. Su vejez fue buena; aunque a Paz, cada vez que ibas a verla, se quejaba de la soledad: “La soledad es lo peor que hay”.

Pero ninguna de mis abuelas vivió sola.

Paz vivió siempre con su hija pequeña, mi tía Pepa, y todos los veranos con nosotros. Mary, por turnos de meses entre sus cuatro hijos, vivía también habitualmente en nuestra casa, con su habitación propia, que olía a crema hidratante.

Las personas mayores, entonces, no vivían solas.

Me voy de Montmartre asombrada por la cantidad de niños que llenan sus parques, pero también con el recuerdo de las señoras mayores que he visto por el barrio, arrastrando un carrito, con una boina o un sombrerito de lana, y una vejez muy pesada sobre la espalda.

Ahora que soy abuela, le he perdido el miedo a la muerte.

Mi nieta Gabrielle verá por mí el brillo que tienen las hojas en primavera.

Pero la vejez, de esa he dejado de fiarme.