Conticinio

Al momento de la noche durante el cual el silencio es tan profundo que ni los perros ladran, se le llama conticinio.

Se compara con el galicinio, el instante en el que el gallo canta, todavía a oscuras, a punto de amanecer.

Nadie puede imaginar cuánto me gustan estas palabras que están casi ya perdidas, si no fuera porque hay un vals venezolano que se llama así, “Conticinio”, y que viene a recordar, con música, este silencio nocturno ya casi olvidado como sucede con las calles con nombre de árbol, como la calle del Olmo, donde no hay ni uno.

Quedan los nombres cuando ya no queda nada.

También en nosotros puede que sea solo el nombre lo único que perdure, tal vez esculpido en piedra, como en el cementerio de Montmartre, por donde asoman, con un verde tan nuevo que brilla, las hojas de la Ampelosis que parece una cascada verde sobre el muro de piedra, como si quisiera huir de la muerte, hacia la acera de la calle, mientras se yerguen las inflorescencias de flores blancas y púrpuras cuando ya han sido libadas, antes blancas y amarillas, de los castaño de Indias.

Tengo que ir a pasear por allí antes de marcharnos.

No quise ir en invierno, con todos los árboles grisáceos como el cielo, y las piedras tristes sin una brizna de verdor; pero ahora, está el cementerio de Montmartre tan florecido que dan ganas de pasear entre las tumbas, sabiéndose vivo.

Claro que no se me ocurriría ir de noche, cuando dicen que se ve las fosforescencia que emana de las tumbas como esos mares que brillan a oscuras las noches de verano; y menos aún iría durante el conticinio, ese lugar del tiempo en el que todo calla y que los que vivimos en el campo, al que siempre regresamos, conocemos perfectamente, porque ni los perros ladran, ni los gallos cantan mientras dura ese pozo profundo del tiempo nocturno que es el conticinio.

Cuando volaba con mi marido, recuerdo que había un momento durante el vuelo transatlántico, en el que se diría que en el avión no había nadie despierto, con la luna y las estrellas tan cerca, y el océano abajo brillando más claro que el cielo. Me despertaba el silencio, como me sucede ahora con mi nieta, cuando duerme tan profundamente que me asomo a su cuna, y la miro y la toco para ver si respira. Ese airecillo que sale por su nariz es mi vida.

Entonces pienso en el conticinio, y en que debe existir también para los bebés, además de para los animales, porque a esa hora de la noche en la que me asomo y no hay ni una ventana encendida, ni nadie paseando por la calle, mi nieta duerme profundamente como si hubiera en ella también algo de animal salvaje a cuyos párpados aún no ha llamado el sol para que se despierte con la luz del día.

Pero es en mi casa en la aldea, donde mejor aprecio este silencio inconfundible en el que todo duerme hasta que el gallo, todavía con la noche cerrada, canta, y da por terminada la magia imposible del silencioso conticinio.

Sólo por oír esto, que es un oír nada, estoy deseando volver a la aldea.

Si puede ser con nuestra nieta Gabrille, dormida a mi lado, será un sueño.