Calor en Versalles

El verano ha llegado a París sin pasar por la primavera.

En esto, recuerda un poco a Madrid, pero aquí ha resultado ser aún más acusado el cambio de temperatura, ya que hasta la semana pasada, hubo un día en el que volvimos a ir abrigados como para Siberia, del frío que hacía, con una niebla que subía por el Sena tras haber remontado sus aguas desde el océano para envolver nuestra cara y nuestras manos que, al contacto con ella, se congelaban.

Y ahora, parece mentira, vamos vestidos ya de verano, pero no de verano en junio, sino de pleno mes de agosto, y hay en el aire un cansancio ya del calor como si lleváramos meses así, cuando hace solo unos días que apagamos de pronto la calefacciones.

Por las flores blancas de mi ventana me doy cuenta de que aquí, la velocidad de la luz, en cuanto al crecimiento de minutos de luz del día, posee una mayor aceleración que en España, quizás por estar París más al norte, e imagino que en junio los días serán aquí más largos que en otras latitudes del sur; de la misma manera que, a partir de la entrada del verano, la luz empezará a caer como por un tobogán hasta la llegada del invierno, sin pasar por el otoño.

No quiero decir que no tengan estaciones en París, pero el tren va a mayor velocidad que en otros lugares; y en un abrir y cerrar de ojos nos vimos este fin de semana buscando dónde hacer un picnic, que aquí llaman pique-nique, dudando si ir al Bois de Boulogne o a Versalles.

Nos decidimos por lo último, aunque equivocándonos en la entrada, de manera que dimos a los jardines del palacio donde lo primero que ves, con su inmenso estanque al fondo, es una explanada llena de arena muy blanca que sumó el calor a los rayos del sol hasta darnos la impresión de estar en un desierto.

Buscamos la salida de los jardines desesperados y llegamos, menos mal, a uno de esos maravillosos bosques de Versallles, que no se ve dónde acaban, y la verdad es que resultó una maravilla estar tumbados sobre la hierba, bajo los tilos, alejados de los jardines, de la gente y del agua del estanque, sin más rumor que el de las hojas, ni más ruido que el relincho de un pájaro carpintero.

Después logramos encontrar la entrada con la que yo soñaba, que es la que da al hotel donde dormimos una noche hace siete años, y que daba a unos campos llenos de ovejas y de cabras, con su establo y su cerca.

Las ovejas, del calor, estaban amaturriadas a la sombra de los castaños, inmensos y más altos que los que se dan por Galicia.

Daba gusto percibir otra vez el olor a estiércol, después de tanto tiempo, y entonces sí, volvimos a tumbarnos, aún más alejados de los jardines, a contemplar el atardecer sobre la inmensidad de estos campos asilvestrados que tiene alrededor el château de Versalles.

Me quedé, como siempre, con las ganas de alquilar una bicicleta para recorrer Versalles entero, algo que dejamos para otro día, que al final suele ser nunca.

Alcanzamos el tren de vuelta de milagro, y volvimos más callados, con ese cansancio que traes de las excursiones, mientras por Suresnes la última luz del día cubría todo París como una sábana blanca y dorada.

La oscuridad llegó con nosotros a la estación de Saint-Lazare.

La ciudad, no podía estar más bonita, en la inusitada calidez de la noche, con sus lucecitas de los restaurantes encendidas.

Las conversaciones ascendían al cielo.

Bendita ciudad, vestida ya de verano.