Honfleur

Hay lugares, que no se sabe cómo, sobreviven incluso a nuestro afán por verlos.

Quiero decir que es tan bonito Honfleur, que es imposible verlo vacío, sin tiendas ni restaurantes, y sin tanto turista como yo por su viejo puerto; y aún así, en pocos lugares resulta más fácil imaginar la pesca de otros siglos con esas nasas que eran cestos alargados de varas trenzadas, o esos meses de invierno que, en Honfleur, llamaban “meses negros”, porque no se pescaba nada, de lo mala que estaba la mar, o revuelta la desembocadura del Sena.

Luego, llegaba la primavera, y empezaba la pesca de la gamba y de la caballa mientras aparecían de vez en cuando rayas gigantescas, tal y como se nos cuenta en su “Museo del mar”, donde lo más curioso que vi fue una pata vacía de albatros, con uñas y todo, que hacía de saquito para el tabaco de los marineros.

Las casas de Honfleur, en su casco antiguo, están hechas casi todas con las vigas a la vista, que le dan un aire de cuento a toda la villa, con esos tejados tan inclinados que en el puerto se convierten en fachada de casas tan estrechas que tienen sólo dos ventanas por piso.

Resulta muy curioso, porque la casa normanda de campo, viene a ser todo lo contrario, alargada de tal manera que las habitaciones se comunican unas con otras por dentro mientras el tejado, a dos aguas, está hecho de cañas como las casas de hierba del tejado que viera en Suráfrica, pero aquí tienen la gracia de que, en el cumio, para agarrar las cañas o la paja de trigo o centeno de las que están hechas estas preciosas y gruesas cubiertas, ponen a crecer los rizomas de los iris que hace unos días no estaban florecidos, pero que tenían ya las hojas verdes en forma de espada, apuntando al cielo, lo cual le daba un aire muy particular a esta construcción normanda, por estas crestas verdes, como de gallo, que tienen los tejados.

También los hacen de tablitas, a modo de teja, y es en la iglesia de Sainte Catherine donde mejor se aprecia lo grande que puede llegar a ser una construcción, como un bosque, juntando como un niño trocitos de madera.

Hay algo infantil flotando en el aire de Honfleur, como si hubieran vivido muchos niños por allí, que hasta cuando vi de lejos un letrero que ponía Hamelín, pensé que se trataba del flautista, y no de un almirante. Incluso en los brocantes que se asoman a la calle, te asombra que vendan tantas sillitas para niño, cochecitos de bebé antiguos, y caballitos de madera para jugar, como si toda la ciudad siguiera aún adorando la infancia que tuvo por esas calles, antes de que los turistas las llenáramos de años.

Es tan fácil llegar a Honfleur desde París, que se ha convertido en una de las ciudades más visitadas de Francia, ya que saliendo de la estación Saint Lazare, en pleno centro, se puede estar en dos horas en Deauville, y allí tomar el autobús que lleva a Honfleur en media hora, por una carretera que recorre la costa del canal de la Mancha, y por la que vas observando unas casas que parecen de muñecas, pero gigantes, verdaderas mansiones del veraneo de otros tiempos, con sus tejados tan inclinados como si fueran de paja, y torres y cúpulas y filigranas hechas de madera, y colores infantiles, o muy serios, y todo con ese aire de las cosas que no parecen de verdad, de lo fantásticas que resultan y que, aún así, son auténticas.

Al volver para tomar el tren de regreso a París en el mismo día, hicimos tiempo paseando por Trouville, hasta el Casino donde se puede contemplar, no sin asombro por la magnitud de la marea, toda la playa, y al fondo, tan lejos que ni te planteas ir a ver cómo está el agua, se divisa el mar como un espejismo del horizonte.

A nuestra espalda, dejamos una estatua de Flaubert, en el lugar donde tal vez conoció a la que pudo ser el amor de su vida.

Había que irse y lamenté no haber guardado más tiempo.

Todo me va quedando sin ver.

Pero no sin escuchar, porque la música de Satie, nacido en Honfleur, nos acompaña siempre.

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