Ferlosio

Entre la luz creciente de París, he recibido la noticia del fallecimiento de Rafael Sánchez Ferlosio.

Le he visto de pronto sentado con los dibujos y cartas de ABC al fondo, vestido todo de negro, con una camisa blanca. El gesto, pesado y triste, de saberlo casi todo, o como de querer saberlo, que al fin y al cabo puede que sea lo mismo, ese mirar hacia delante, de lo que aún no sabía, que tenía Ferlosio, al estar lleno de una curiosidad inmensa.

Me vino a preguntar, ¿él a mí?, por una palabra.

Creo recordar que le acababa yo de felicitar por el premio Mariano de Cavia que iba a recibir poco después de manos del Rey emérito. Corría el año 2002, y en ese cóctel que dan antes de la cena, estaba Ferlosio sentado con su mujer, Demetria, al lado. Llegó Ferlosio muy pronto, como solía hacer también yo, cuando en el salón había más camareros que personas para tomar algo; y al ir a darle la enhorabuena, me pregunto por el verbo somormujar, y de pronto me vi hablando con él, en la que puede que sea la conversación más inteligente y singular de mi vida, sobre mergos, submergulus y somormujos.

Siempre me extrañó que Francisco Bernis no recolectara para los nombres vernáculos de las aves, el término alfanhuí, que se aplica al alcaraván y que da título a la novela de Sánchez Ferlosio, donde un maestro le dice a un niño que le llamará Alfanhuí por tener “los ojos amarillos como los alcaravanes”.

Seguramente fue una conversación muy breve, pero a mí me pareció inmensa.

Como el tiempo que tardaron en darle el Cavia, al recordar Ferlosio en público que se había presentado durante 15 años al galardón. No sé por qué me acuerdo de esto. ¿Fue él quien lo dijo? Puede que sí. Sólo alguien como Rafael Sánchez Ferlosio podría decir algo así. Pero no he encontrado ahora su discurso para corroborarlo.

También solía decir, y esto seguro que lo dijo, que él era un worst-seller, ya que sus ensayos no se vendían. Aunque no creo que sea así exactamente, sino que tal vez vivimos en un país que piensa menos de lo que debería, donde gusta más la ficción que la reflexión, el fuego artificial que el brillo en un rinconcito del que hablaba, para brillar toda la eternidad, Unamuno.

No puedo decir que conociera a Ferlosio por una conversación tan breve, y mucho menos por su obra de la que leí, más por azar que por voluntad “Vendrán más años malos y nos harán más viejos”, uno de esos libros que no te puedes callar porque necesitas leer en voz alta cada uno de sus aforismos para que alguien más se ría, llore, o piense contigo.

Me asombra la primavera en París, la velocidad con la que crece por aquí la luz de los días, al estar más al norte. Compré unas saxifragas de las que dicen que son flores que abren las rocas porque florecen entre ellas; en el caso de las que escribo, muy blancas, y de las que puedo decir que verdaderamente las veo crecer. Las riego por la noche, y al día siguiente, con la luz del sol, y aunque no las mida, están más altas. Es así como el pensamiento de las personas que hemos leído, son luces que nos hicieron albergar flores en la cabeza.

Ferlosio, pienso ahora que fue nuestro Montaigne, cuya dimensión acabaremos por reconocer del todo, ahora que ha fallecido.

Descanse en Paz el pensador, inquieto y tranquilo.