Amarillo

Si tuviera que recomendar un restaurante en Montmartre para comer lo que llamamos los españoles, comida casera, sería “Le Relais Gascón”, en la 6 rue des Abesses, con todo París al fondo, cayendo por la calle Houdon.

Puede que la sopa de cebolla sea de las mejores que he tomado en París, por un precio de los que puedes permitirte en sábado.

Y en esas estábamos, comiendo en una esquina del restaurante con vistas a la calle, en una de esas mesitas redondas de mármol blanco y pie de hierro, donde crees que no cabrá nada y al final cabe hasta la garrafa de agua, que en este restaurante son hermosísimas, con forma de matraz pero de vidrio grueso, casi de damajuana.

Esta costumbre del agua de grifo me encanta. No sabe París lo que hace por el medio ambiente con este sencillo gesto, de no dar agua embotellada, casi de manera obligatoria. Puede que el agua embotellada sea lo más caro de una carta francesa, después de la botella de vino. Es un lujo. Pero ninguna de esas botellas es de consumo obligado, como nos sucede en España con el agua, donde hemos pasado de beber todos de un botijo, a pedir cada uno su botellita de agua. Un despilfarro.

Ese detalle del agua, gratis y en la cantidad que quieras, con tu “verre” de vino, hace que al final se equilibre el precio. En Gascón, además, con postre y todo, la cuenta no resulta ni mucho menos cara, así que te asalta esa felicidad de estar donde quieres estar viendo el trasiego de la calle, en primera línea del cristal como un maniquí de escaparate, mientras tomas hasta el queso fundido del fondo del tazón de sopa.

Si hay algo que he aprendido en París, es a no tirar nada.

Cuando llegamos, creí que la vida era sólo cara para nosotros; pero, según van pasando los días, empiezo a darme cuenta de que esta ciudad es carísima no sólo para los que venimos de fuera, sino para casi todos los que en ella viven, como empieza a suceder para la clase media francesa, y de ahí tal vez el descontento que se ha precipitado en el color amarillo de los chalecos que llevan las personas que no consiguen llegar a final de mes; o de eso creo que tal vez se trata este movimiento que ha venido a desdibujarse por completo con la violencia desatada en los Campos Elíseos la semana pasada.

En Gascón, este sábado, día de nueva manifestación, tuvieron la amabilidad de avisarnos de que los chalecos amarillos, ahuyentados del centro, irían a Montmartre. Aún así, nos sentamos. Al poco rato, llegó un camión de bomberos y bloqueó la calle con una fila de coches de policía que cambió, en un abrir y cerrar de ojos, todo el panorama. La terraza del restaurante se vació, y sólo los cuatro que estábamos dentro, nos quedamos, terminando una comida que no merecía la pena dejar, por nada, en el plato.

Hoy lunes hace un día de sol, de cielo azul y de paredes claras, que reflejan como un espejo la luz creciente que aquí, al estar más al norte, adquiere mayor velocidad con el paso de los días. Puede que por esto se llame a París, la ciudad de la luz, cuya belleza ha sobrevivido a todas las guerras.

La de la semana pasada, en los Campos Elíseos, fue una de ellas. Pasamos por delante al día siguiente y vimos los escaparates cubiertos por unas rejas muy finas, como de cárcel para pájaros, y todo roto. Había pequeñas tiendas que habían puesto tablones de madera sobre los cristales, como si fuera a pasar un ciclón que ha comenzado a perder fuerza; y aún así, subieron este sábado al Sacre Coeur, pero sin llegar a ponerse el chaleco en su mayoría.

Había algo en el aire de enfado del resto de parisinos, por el vandalismo del sábado anterior, y porque tienen a esta colina, desde tiempos inmemoriales, como algo sagrado.

Podrán manifestarse en cualquier otro lugar de París o de Francia, pero en este barrio, que es la cuna de todos los sueños, no fue bienvenida la iniciativa.

Puede que por ello no vuelvan, aunque no sea la primera vez que vinieron.

Tal vez sólo pidan poder vivir, pero no cabe la violencia en Montmartre, donde la pobreza se hizo Arte.

No es el lugar.

El único amarillo que queda bien en esta colina, es el de la forsitias florecidas contra los muros llenos de luz y primavera.

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