Los libros

Ayer estuve en el Salón del Libro de París, “LIVRE PARIS”.

No sé por qué, lo esperaba de otra manera.

No puedo decir que no me gustara, al contrario, todo lleno de actividades en directo, donde lo mismo podías sentarte como en un teatro a ver y a escuchar al premio Nobel Orhan Pamuk contestando en inglés a una entrevista en francés, como a un contertulio de la televisión BFM que siempre lleva un foulard rojo al estilo de Aristide Bruant, pero sin su estilo.

Me sorprendió ver que Amazon estaba muy presente, con sus audiolibros y sus libros autoeditados, y que fueran los únicos que regalaran algo, además del té en el estand de Omán. La entrada en la feria no es gratis, y sin embargo estaba a rebosar de personas haciendo cola ante sus autores favoritos, para nosotros en su mayoría desconocidos. Es saltar de idioma, más que de frontera, y se te quedan los escritores en el camino.

Me encantó ver la manera en la que están editados la mayoría de los libros, con total sencillez de cubierta y de colorido, como mucho en un gris azulado que me gustó mucho. Me pareció ver además una gran cantidad de tapa blanda en los libros franceses, y también un aire que responde a esa austeridad elegante que tiene todo por aquí.

Sin embargo, si querías tomar algo, la elegancia quedaba desterrada pues lo que se ofrecía era una comida rápida sin ninguna gracia, lo cual me parece una mala planificación del salón, porque la lectura es lenta, y la comida que se ofrezca, debería ser igual, o al menos aspirar a poder acompañar la lectura de un libro.

Había una suerte de contradicción en el aire, y a la vez una tristeza que me inundó desde que entramos.

Algunos estands eran preciosos, como el de Normandía, haciendo un marco a modo de plaza donde los autores se disponían en cuadro hasta cerrarla, dejando el centro vacío; y mucho expositor para niños, como si la literatura infantil fuera a salvarnos. También estaba presente la ciencia pero me encontré con menos libros de Naturaleza de los que esperaba.

Todo destilaba un aire de final de etapa que no soy capaz de explicar con palabras. Me recordó al día en el que aparecieron en un alcorque de una calle cerca de casa, aquí en la rue Lepic, unos libros amontonados que alguien parecía haber tirado y yo me llevé unos cuantos como si fueran gorriones caídos de un nido. Tras limpiarlos un poco, los puse en el centro de la mesa, con unos narcisos que ya habían florecido, mezclados con velas para una cena.

Los libros, aún los tengo en la mesilla de noche y los leo de vez en cuando, como si su vida dependiera de mi lectura.

Desde entonces, vivo con esta sensación de final de etapa para el libro. Cada vez que lo digo, mis hijos se indignan porque ellos son muy lectores, a pesar de que yo no les inculqué este hábito, o al menos no directamente, pero ellos defienden el libro de papel a capa y espada; y yo sin embargo, empiezo a percibir un cambio que huelo en el aire, y que es un olor que conozco muy bien porque ya lo viví cuando el periódico de papel empezó a editarse también en versión electrónica.

Me llamaba la atención que, para esa edición digital, se hicieran las cosas peor, como si escribir bien hubiera dejado de tener importancia. Y en eso sí que sigo creyendo, en la escritura, como creo en la Naturaleza, que no necesariamente tiene que estar sobre la Tierra.

Quiero decir que la Literatura siempre va a sobrevivir; pero los libros, estos salones, empiezan a tener ya ese aire de libros de ocasión que a mí me encanta, mientras el negocio, a mi modo de ver, va ya por otro lado, aunque aún no nos hayamos dado cuenta, o no hayamos querido verlo por completo.

Un hermoso nubarrón negro, cargado de nieve o de un agua muy fría, vino a llenar el cielo de la tarde cuando, aún con luz, salimos.