Verde y azul

Como un bosque de libros es la Biblioteca Nacional de Francia, cuya cuna está en su hermosísima sede Richelieu-Louvois.

La entrada, resulta muy discreta, para estar en París, porque se accede por la rue Richelieu, frente a una fuente, que esta sí, es muy parisina, ocupando toda la plaza, y una buena parte del cielo.

A su alrededor todo eran ramas de unos árboles inmensos que me parecieron plátanos de sombra, entre otras especies que no soy capaz de identificar, al no tener aún, sobre el cielo, las hojas.

Así era el día, azul y verde, aunque no hubiera verdor en las ramas ni azul en el cielo. Es más, llovía de vez en cuando y se podría tildar de gris la jornada, pero hasta los colores son distintos en París cuando tienes todo el día por delante para hacer lo que quieras; y yo quería ir a la biblioteca.

Había visto hace muchos años un documental en el que hablaban de ella, y quedé fascinada por las cúpulas del gran salón de lectura, el Salón Labrouste.

En dimensiones, podría acercarse este salón al gran salón central de la Biblioteca Nacional de España, con su cristalera en lo alto gracias a la cual sabía yo, sin más ventanas, por el ruido, que afuera llovía, lo cual hacía aún más agradable pasar allí las tardes de otoño; pero la belleza de esta biblioteca francesa, se me antoja ahora inigualable, precisamente por su colores: verde y azul.

Había lugares en los que estas tonalidades se mezclaban, hasta acertar con un elegantísimo turquesa en el cristal de la tulipa de los quinqués a cuya sombra, que era toda luz, había personas cabizbajas, más que leyendo, casi rezando, porque las bibliotecas son, a mi parecer, templos.

Siempre me ha parecido que se piensa, se estudia y se escribe mejor en ellas, y a veces llego a creer que es porque se establece una conexión de todos los pensamientos parecida a la de los árboles dendríticos de las neuronas de las personas a pleno rendimiento. Lo más parecido que he visto, es cuando salen al calamar los marineros de la ría, cada uno en su bote, y se diría que están unidos por los sedales y por las ganas de pescar, aunque esté cada uno inmerso en su soledad, entre la bruma del amanecer, con sus pensamientos que, en el mar, sueñan solos como si también navegaran.

Nosotros pudimos acceder a este salón porque, al vigilante, yo creo que le dio pena mi cara. Me pareció entender que no se puede acceder si no tienes un carnet de investigador o al menos de lector, como suele suceder en las bibliotecas nacionales. Pero me vio atisbar entre los cristales de la puerta con tanta devoción la sala, que me dijo el vigilante que podía pasar, para admirar el paisaje un rato. Me hubiera quedado toda la vida. Pero, por discreción, creo que estuve menos de un minuto, absolutamente absorta, contemplando la luz, aún en el día nublado, que entraba por las claraboyas haciendo arcos de hierro forjado que me recordaron a los que vi, en piedra, en la Sagrada familia de Gaudí, o a los que más tarde diseñara Frank Lloyd Right para la Johnson Wax, a modo de bosque de flores.

Pero este gran salón de lectura es más antiguo, de 1868, y más hermoso, al tener pintados, en un verde y un azul muy alegres, un bosque que podría ser del Mediterráneo, porque tenía la luz del mar, entre los anaqueles llenos de libros.

Siempre he pensado que la biblioteca es un bosque.

En Francia, además, su Biblioteca Nacional, en el salón Labrouste, tiene los bosques, como homenaje de una deuda eterna, pintados en fresco sobre las paredes.

Y ya acabo, no sin antes consignar, que todo lo anterior lo escribí a vuelapluma y al ir a corregir y a documentarme un poco para cerciorarme de lo visto, resulta que leo que, efectivamente, Frank Lloyd Wright, el arquitecto de la casa en la cascada, se inspiró en esta biblioteca para realizar la sede de Johnson Wax.

Y aún más: esos colores que me parecieron de bosque mediterráneo, provienen de los años que pasó pintando Labrouste en Italia.

Es lo bueno de la edad.

Sin saber nada, empiezo a comprender algo.